Hay momentos en los que tu cuerpo se adelanta a tus pensamientos. Te duele el estómago sin una causa clara, notas la espalda cargada, te falta el aire o te sientes agotada, aunque, en teoría, "todo esté bien". Si te resulta familiar, no es casualidad. Es tu mente somática intentando ...
Hay momentos en los que tu cuerpo se adelanta a tus pensamientos. Te duele el estómago sin una causa clara, notas la espalda cargada, te falta el aire o te sientes agotada, aunque, en teoría, "todo esté bien". Si te resulta familiar, no es casualidad. Es tu mente somática intentando comunicarse contigo.
Cuando el cuerpo dice lo que la mente no alcanza a expresar
Durante mucho tiempo nos enseñaron a separar cuerpo y mente, como si fueran dos mundos distintos. Sin embargo, en la vida real funcionan como un sistema único. Lo que piensas influye en cómo te sientes y lo que sientes se manifiesta físicamente, incluso cuando no eres consciente de ello.
La mente somática es esa parte de ti que guarda emociones en forma de sensaciones corporales. La tristeza se nota en el pecho, el miedo acelera el pulso y el estrés se instala en los hombros casi sin pedir permiso. El cuerpo es un narrador honesto: expresa lo que pasa por dentro incluso cuando no sabes ponerle palabras o no te permites hacerlo.
Antes de llegar al límite emocional, el cuerpo suele avisar. Lo hace de forma sutil al principio, pero persistente. Aparecen tensiones en el cuello o la mandíbula, dolores de cabeza recurrentes, nudos en la garganta, molestias digestivas o una sensación constante de cansancio aunque duermas. También es habitual notar dificultad para desconectar, respiración superficial o un sueño poco reparador.
Muchas de estas señales no son estrictamente médicas. Son un lenguaje emocional que el cuerpo utiliza para decirte que algo necesita ser atendido. No es debilidad ni exageración; es información valiosa.
Las mujeres estamos muy entrenadas para vivir hacia fuera: resolviendo, organizando, cuidando y sosteniendo. Nos acostumbramos a funcionar en piloto automático y dejamos para el final lo que sentimos. El problema es que lo que no se escucha, el cuerpo lo guarda.
Cuando ignoras estas señales, el malestar no desaparece; se acumula. Y con el tiempo puede transformarse en ansiedad, irritabilidad o un agotamiento profundo que no se soluciona solo durmiendo más. Escuchar al cuerpo, en cambio, es un acto de autocuidado profundo que te devuelve conexión, calma y claridad mental.
No necesitas técnicas complejas ni largas sesiones. Basta con crear pequeños momentos de atención somática a lo largo del día. Colocar una mano en el pecho y otra en el abdomen, respirar y preguntarte dónde notas tensión ya es un primer paso poderoso. Observar sin juzgar empieza a liberar.
También puedes hacer microescaneos corporales mientras esperas el ascensor o estás en el coche. Recorrer mentalmente el cuerpo de pies a cabeza y aflojar hombros, mandíbula y abdomen ayuda a soltar lo acumulado. El movimiento suave es otro gran aliado: estirarte, caminar despacio o mover la pelvis libera emociones que el cuerpo ha retenido.
Escribir lo que sientes físicamente también ayuda. Frases simples como "me pesa el pecho" o "tengo un nudo en el estómago" permiten que la emoción salga a la superficie. Y no subestimes el poder de la respiración lenta: exhalar un poco más largo que inhalar regula el sistema nervioso en segundos.
En lugar de ver estas sensaciones como molestias que hay que eliminar, puedes empezar a interpretarlas como mensajes. Si te duele la espalda, quizá estás cargando demasiado. Si te falta el aire, tal vez llevas días conteniéndote. Si todo te pesa, puede que necesites parar.
Tu cuerpo no intenta frenarte ni sabotearte. Intenta protegerte y devolverte al equilibrio cuando te estás alejando demasiado de ti.
La mente somática no es algo extraño ni espiritual complicado. Es tu sabiduría interna recordándote que eres humana, que sientes y que necesitas atenderte, incluso cuando no hablas de ello. Cuando aprendes a escuchar al cuerpo, empiezas a vivir más conectada, más ligera y con mayor calma. A veces, la respuesta no está en pensar más, sino en sentir mejor y permitirte escuchar lo que tu cuerpo lleva tiempo intentando decirte.