Hace apenas una década, la idea de pasar un curso escolar fuera solía nacer del propio estudiante. Hoy, el panorama ha cambiado. "Los padres juegan un papel central y cada vez más activo en la decisión", afirma Pablo Martínez de Velasco. Desde la experiencia de Aseproce, en entre el 80 ...
Hace apenas una década, la idea de pasar un curso escolar fuera solía nacer del propio estudiante. Hoy, el panorama ha cambiado. "Los padres juegan un papel central y cada vez más activo en la decisión", afirma Pablo Martínez de Velasco. Desde la experiencia de Aseproce, en entre el 80 y el 90% de los casos son los padres quienes inician la conversación, valorando no solo el aprendizaje del idioma, sino algo mucho más profundo: la madurez personal y las competencias interculturales.
Este cambio responde a una visión más estratégica de la educación. "Ahora los padres investigan, comparan programas con rigor y buscan agencias certificadas", explica. La implicación ya no es reactiva, sino proactiva: participan en la elección del destino, del programa e incluso de la familia anfitriona. A ello se suma el efecto contagio del boca a oreja y una mentalidad postpandemia que prioriza experiencias inmersivas y transformadoras frente a estancias cortas.
Reino Unido, Estados Unidos, Irlanda o Canadá suelen aparecer como opciones naturales, pero no todos los perfiles encajan igual en cada país. Aquí, el papel de la familia vuelve a ser clave. "Lo primero es evaluar la madurez emocional del estudiante", señala Martínez de Velasco. Para jóvenes más independientes, Reino Unido o Irlanda ofrecen entornos dinámicos y estructurados; si el alumno necesita una acogida más cálida al inicio, Canadá suele ser una opción ideal.
El perfil académico también pesa. "Estados Unidos destaca en ciencias y liderazgo para alumnos ambiciosos, mientras que Irlanda potencia las humanidades con una inmersión lingüística total", apunta. Desde Aseproce recomiendan entrevistas previas, pruebas de adaptación y charlas con exalumnos para decidir con mayor seguridad y realismo.
Más allá de la elección del destino, el proceso implica trámites, adaptación cultural y, en muchos casos, la primera separación prolongada. Para el presidente de Aseproce, la clave está en preparar antes que controlar. "Recomiendo conversaciones abiertas sobre expectativas y miedos, y simulacros de independencia como gestionar un presupuesto o resolver problemas solos", explica.
Durante la estancia, el equilibrio es fundamental. "Mantener contacto semanal está bien, pero hay que dar espacio", aconseja. Preguntar qué han aprendido, animarles a acudir primero a tutores locales y reservar la intervención parental para emergencias reales fomenta una autonomía sana. Y al regreso, no menos importante, llega el momento de integrar la experiencia: hablarla en familia, normalizar la nostalgia y celebrar los logros.
Quienes viven un año escolar en el extranjero regresan cambiados. "Observamos un crecimiento impresionante en autonomía, resiliencia y empatía", asegura Martínez de Velasco. Aprenden a gestionar la soledad, a resolver conflictos y a desenvolverse en contextos culturales distintos, lo que se traduce en una confianza que les acompaña toda la vida.
Las familias pueden potenciar este impacto escuchando sin juzgar y animándolos a compartir lo vivido en charlas escolares o proyectos locales. Así, la experiencia deja de ser "un año fuera" para convertirse en un pilar de su identidad.
Para quienes aún dudan, el mensaje es claro. "No es una moda, es una inversión educativa a largo plazo", afirma con rotundidad. Los datos muestran que estos estudiantes tienen más opciones de acceder a universidades de primer nivel y mejores oportunidades laborales, en un mercado donde el 90% de las ofertas exige inglés fluido y experiencia intercultural.
España, además, lidera Europa con entre 16.000 y 18.000 estudiantes al año cursando estudios en el extranjero. "Es como aprender a nadar en aguas profundas", concluye Martínez de Velasco. "Al volver, no solo flotan: lideran".