La trampa de la "madre perfecta": la crianza idealizada agota a las familias

Ángela Zorrilla

Rutinas impecables, niños siempre felices y hogares que parecen sacados de un catálogo. La imagen de la maternidad y la paternidad perfecta se ha instalado con fuerza en redes sociales y, lejos de inspirar, está generando culpa, ansiedad y agotamiento en muchas familias. La psicoterapeuta familiar Mercè Álvarez analiza las consecuencias de esta presión silenciosa y propone volver a una crianza más humana y real.

26/01/2026

En la era de Instagram, TikTok y los blogs de maternidad, la crianza se ha convertido en un escaparate permanente. Cada gesto, cada decisión y cada etapa del desarrollo infantil parece susceptible de ser comparada. Para Mercè Álvarez, psicoterapeuta familiar acreditada por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar ...

En la era de Instagram, TikTok y los blogs de maternidad, la crianza se ha convertido en un escaparate permanente. Cada gesto, cada decisión y cada etapa del desarrollo infantil parece susceptible de ser comparada. Para Mercè Álvarez, psicoterapeuta familiar acreditada por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), esta tendencia no es casual.

"En las plataformas se proyecta una imagen idealizada de la crianza, con padres que muestran rutinas impecables, niños felices y hogares perfectamente organizados", explica. Un relato aparentemente inofensivo que, sin embargo, acaba construyendo un estándar irreal al que muchas madres y padres sienten que deben aspirar.

El problema surge cuando esa inspiración se transforma en obligación. Según Álvarez, la presión por ser el "mejor" progenitor tiene un impacto emocional profundo. "Se genera una presión muy fuerte en las familias, que sienten que tienen que alcanzar estos estándares irreales y viven un exceso de responsabilidad y culpa", señala. La crianza deja de ser un espacio de vínculo y aprendizaje compartido para convertirse en una carrera constante por no fallar.

Desde la consulta, los profesionales detectan señales claras de este desgaste. "Aparecen síntomas como depresión, autocrítica constante, preocupación excesiva, frustración, ansiedad y una sensación permanente de no llegar a todo", enumera la terapeuta. A esto se suma "la necesidad continua de aprobación externa y la tendencia a sobreplanificar la vida del niño", como si cada paso tuviera que estar milimétricamente controlado para evitar errores.

Esta autoexigencia no solo afecta a los adultos. La competitividad por ser una madre o un padre perfecto también tiene consecuencias directas en los hijos y en la dinámica familiar. "Puede generar presión no solo en los padres, sino también en los hijos", advierte Álvarez. Los niños pueden sentir que deben cumplir expectativas muy altas, lo que "limita su libertad para expresar emociones o cometer errores".

En estos contextos, la comunicación se resiente. "Se dificulta una comunicación abierta y auténtica, y los hijos pueden sentir que han defraudado a sus padres", explica. La familia, en lugar de ser un espacio seguro, corre el riesgo de convertirse en un escenario de evaluación constante, donde equivocarse no parece una opción.

Frente a este modelo de perfección, la psicoterapeuta propone un cambio de mirada. "Es fundamental encontrar un equilibrio, porque la perfección no existe", afirma. Para ella, los pilares de una relación familiar saludable no son las rutinas impecables ni los métodos infalibles, sino "el amor, la comprensión, la flexibilidad y el derecho a equivocarse"uns.

Aceptar la imperfección no implica desentenderse de la crianza, sino humanizarla. "Es necesario que los padres se permitan cometer errores, mostrar sus vulnerabilidades y cultivar un ambiente de aceptación y apoyo mutuo en la familia", subraya Álvarez. Un mensaje especialmente relevante en un contexto donde mostrar fragilidad sigue siendo visto, erróneamente, como un signo de fracaso.

Quizá el mayor reto para las familias de hoy sea aprender a desconectar del ruido externo y reconectar con sus propias necesidades y valores. Recordar que no hay dos maternidades iguales, que cada niño es único y que criar no es una competición. Porque, como recuerda la experta, una crianza suficientemente buena -real, imperfecta y amorosa- siempre será más saludable que cualquier ideal perfecto filtrado por una pantalla.

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