La campeona mundial Mariola Corega analiza las razones más habituales del abandono y propone claves prácticas para sostener el ejercicio en el tiempo sin convertirlo en una obligación imposible. El ejercicio no se abandona porque falte fuerza de voluntad, sino porque se plantea desde un lugar poco sostenible. Cuando se deja de ...
La campeona mundial Mariola Corega analiza las razones más habituales del abandono y propone claves prácticas para sostener el ejercicio en el tiempo sin convertirlo en una obligación imposible.
El ejercicio no se abandona porque falte fuerza de voluntad, sino porque se plantea desde un lugar poco sostenible. Cuando se deja de forzar y se ordena la relación con el cuerpo, el movimiento vuelve a ser algo que se puede sostener.
Cuando entrenar se convierte en una obligación rígida o en una forma de compensar excesos, el cuerpo responde con rechazo. Igual que ocurre con la alimentación, el cuerpo no necesita ser forzado, sino acompañado. Lo que se sostiene en el tiempo no nace del control excesivo.
Arrancar fuerte suele confundirse con compromiso, pero muchas veces es falta de adaptación. El cuerpo necesita tiempo para responder a un estímulo nuevo. Cuando se ignoran los ritmos reales, aparecen el cansancio persistente, el dolor y la frustración que llevan al abandono.
El cuerpo no responde igual cuando se duerme mal, se vive con estrés o se arrastra carga mental. Ignorar ese contexto y aplicar fórmulas universales acaba pasando factura y rompe la continuidad del ejercicio.
Más intensidad, más sudor o acabar exhausto no garantizan mejores resultados. El progreso real no viene del desgaste constante, sino de un estímulo ajustado que el cuerpo pueda asimilar.
Cuando moverse requiere una logística perfecta o condiciones ideales, se vuelve frágil. El cuerpo responde mejor al movimiento integrado en la vida real: caminar, moverse con regularidad o entrenar menos tiempo, pero de forma constante.
Añadir más días, más intensidad o más exigencia no siempre mejora resultados; a menudo solo aumenta el desgaste. Cuando el cuerpo está tenso y fatigado, deja de adaptarse y termina "desconectando" del ejercicio.
Cuando el único objetivo es cambiar la apariencia, la motivación se vuelve frágil. En cambio, valorar señales internas como tener más energía, sentirse más estable o moverse mejor favorece la continuidad.
Dolor persistente, apatía o irritabilidad no son falta de disciplina, sino avisos claros. Ajustar la intensidad, la frecuencia o el enfoque a tiempo evita que el cuerpo llegue al punto de ruptura.