Hablar de límites sigue generando incomodidad. A muchos padres y madres les asusta equivocarse, ser demasiado duros o "romper" el vínculo con sus hijos. Sin embargo, desde la experiencia clínica, Cristina Sánchez Navarro observa justo lo contrario. "Los límites son las pistas que los adultos tienen la responsabilidad de dar ...
Hablar de límites sigue generando incomodidad. A muchos padres y madres les asusta equivocarse, ser demasiado duros o "romper" el vínculo con sus hijos. Sin embargo, desde la experiencia clínica, Cristina Sánchez Navarro observa justo lo contrario. "Los límites son las pistas que los adultos tienen la responsabilidad de dar a los menores para entender el mundo, cómo moverse en él y cómo relacionarse con los demás", explica.
Cuando esos límites no existen, los niños no se vuelven más libres, sino más inseguros. "Cuando no los tienen, los buscan de manera incansable en su entorno cercano, retando, llamando la atención o haciendo síntomas", señala. Conductas que comienzan en la infancia y que se intensifican con el paso del tiempo, alcanzando su punto más crítico en la adolescencia.
Para Sánchez Navarro, esta etapa es especialmente delicada. "La ausencia de límites les impide crecer de una manera sana y sosegada, porque necesitan un encuadre que les ayude a diferenciar lo correcto de lo que no lo es, lo beneficioso de lo que puede perjudicarles". Los adolescentes necesitan oponerse para crecer, pero "si no hay normas, no hay nada a lo que oponerse, ni un contexto que los sostenga".
Lejos de fortalecer la autonomía, la falta de límites deja a los jóvenes desorientados y solos. "En la ausencia de normas nadie les vigila, ni les observa ni les aconseja, y eso se traduce en la sensación de no ser importantes para nadie", advierte. El resultado, a largo plazo, es claro: "Adultos con dificultades para estar en pareja, para esforzarse por logros no inmediatos y para gestionar la frustración".
Uno de los grandes errores actuales, según la terapeuta, es confundir autoridad con autoritarismo. "Si equiparamos educación respetuosa con ausencia de normas, desaparece la jerarquía natural del sistema familiar, que es el marco sano para crecer". Poner límites no rompe el vínculo; lo refuerza. "Cuando crecen sin normas, terminan sintiendo que sus progenitores no se interesan por ellos".
Aunque al principio pueda parecer atractivo "hacer lo que quieran", esa falsa libertad genera ansiedad. "Todo parece válido y no hay opciones reales entre las que elegir", explica. En cambio, los límites aportan coherencia en una etapa vital marcada por la confusión. "Les orientan sobre qué tipo de persona quieren ser, favorecen una autoestima saludable y les enseñan que toda acción tiene consecuencias".
Especial mención merece la frustración, una palabra cada vez más evitada en la crianza. Para Sánchez Navarro, es una habilidad esencial. "La capacidad de tolerar el 'no' es fundamental para convertirse en adultos equilibrados y competentes". Sin ella, no hay esfuerzo, constancia ni capacidad de superación. "Aceptar que no todo sale a la primera les permite reflexionar, buscar alternativas y no abandonar ante la dificultad".
Cuando esto no se aprende, el riesgo es alto. "Pueden convertirse en adultos caprichosos, enfadados con todo o profundamente solos", alerta. Ese vacío puede derivar en conductas destructivas que nunca logran satisfacer las necesidades reales.
Desde la FEATF, el mensaje es contundente: "No traumatiza el límite, sino la ausencia del mismo". Criar con equilibrio implica permitir que los hijos experimenten y se equivoquen, pero sabiendo que hay una red que sostiene. "La vida siempre pone consecuencias; si no las aprenden en casa, el golpe será mucho más duro después".
Las señales de alarma pueden aparecer pronto: rabietas constantes, conflictos con iguales, baja tolerancia a la frustración, dificultad para comprometerse con actividades o reglas. "Los síntomas son llamadas de atención", explica. Y cuanto antes se escuchen, mejor. "La terapia familiar ayuda a entender qué está pasando y a introducir cambios que devuelvan el bienestar a toda la familia".
El mensaje final es tan claro como esperanzador: poner límites es un acto de amor. Uno de los más importantes.