Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que educar es tener respuestas. Saber qué decir, cómo actuar y qué decisión tomar en cada momento. Pero la realidad es muy distinta: criar también es dudar, sentirse insegura y no tener claro si lo estás haciendo bien. Y eso no te ...
Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que educar es tener respuestas. Saber qué decir, cómo actuar y qué decisión tomar en cada momento. Pero la realidad es muy distinta: criar también es dudar, sentirse insegura y no tener claro si lo estás haciendo bien. Y eso no te convierte en una mala madre, te convierte en una madre real.
La maternidad no viene con un manual definitivo. Cada hijo es distinto, cada etapa trae retos nuevos y cada día te coloca ante situaciones para las que nadie te preparó. Pretender saber siempre qué hacer genera una presión innecesaria.
Educar no es ejecutar una estrategia perfecta, es estar presente incluso cuando no sabes exactamente cómo actuar. La duda forma parte del proceso y negarla solo aumenta la distancia contigo misma.
Muchas mujeres cargan con la idea de que deben mostrarse firmes, claras y seguras en todo momento. Pero esa imagen no siempre es real ni saludable. Cuando ocultas tus dudas, te colocas en un lugar de exigencia constante que acaba pasando factura.
Mostrar que dudas no debilita el vínculo. Al contrario, humaniza la relación y enseña a tus hijos que no tener todas las respuestas también es válido.
Uno de los grandes aprendizajes en la crianza es entender que acompañar no significa arreglar. No siempre tienes que dar consejos, ofrecer soluciones o corregir inmediatamente. A veces, lo más valioso es escuchar sin intervenir.
Cuando un niño se siente escuchado, baja la intensidad emocional. Y desde ahí, muchas veces encuentra sus propias respuestas. Estar disponible sin dirigir es una forma profunda de acompañamiento.
Ante el llanto, el enfado o la frustración de un hijo, muchas madres sienten la urgencia de calmar, distraer o cortar la emoción. Pero las emociones necesitan ser sostenidas antes de ser resueltas.
Decir "veo que estás muy enfadado" o "entiendo que te sientas así" valida lo que siente sin necesidad de justificarlo. No necesitas saber qué hacer después; sostener el momento ya es suficiente.
Acompañar a un hijo puede remover tus propias inseguridades. Aparecen preguntas sobre si lo estás haciendo bien, si te estás equivocando o si deberías actuar de otra forma. Es normal.
En lugar de huir de esas dudas, puedes observarlas con curiosidad. Preguntarte qué te activan, de dónde vienen y qué necesitas tú en ese momento. Cuidar tu mundo emocional también forma parte de la crianza.
Decir "no lo sé" no te resta autoridad. Decir "vamos a pensarlo juntas" enseña cooperación. Mostrarte honesta crea un vínculo basado en la confianza, no en la perfección.
Los niños no necesitan adultos infalibles, necesitan adultos disponibles emocionalmente. Y eso incluye reconocer límites y dudas.
No puedes acompañar desde el agotamiento permanente. Escucharte, descansar cuando puedas y permitirte no llegar a todo es parte del proceso. Una madre que se cuida, aunque sea a ratos, acompaña desde un lugar más estable.
Pedir ayuda, compartir dudas con otras madres o simplemente darte permiso para no tener respuestas inmediatas alivia mucha carga emocional.
La crianza no va de hacerlo perfecto, sino de estar. Estar cuando preguntan, cuando se equivocan, cuando no entienden y cuando tú tampoco entiendes del todo. Esa presencia constante, aunque imperfecta, es la base del vínculo.
Acompañar desde la duda enseña algo muy valioso: que la vida no siempre es clara, pero se puede transitar juntas.
No necesitas tener todas las respuestas para educar bien. Necesitas escuchar, sostener y permitirte aprender junto a tus hijos. La duda no es una debilidad, es una puerta abierta a una relación más auténtica.
Acompañar a tus hijos cuando tú también dudas es una forma profunda de amor: no dirige, no impone, pero nunca abandona.