Jorge Gil Tadeo, psicólogo clínico, psicoterapeuta familiar y de pareja y presidente de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), defiende que acudir a terapia no debería ser un acto desesperado, sino una decisión consciente de cuidado."La terapia no debe ser la última oportunidad" "En la inmensa mayoría de ...
Jorge Gil Tadeo, psicólogo clínico, psicoterapeuta familiar y de pareja y presidente de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), defiende que acudir a terapia no debería ser un acto desesperado, sino una decisión consciente de cuidado.
"En la inmensa mayoría de ocasiones, las parejas nos llegan a consulta con el mandato `la terapia es la última oportunidad que le doy'", explica Gil Tadeo. El problema, añade, es que cuando se llega a ese punto, muchas veces el desgaste ya es profundo.
Durante años hemos alimentado la idea romántica de que el amor todo lo puede. "Es verdad que el amor es condición necesaria para una relación, sea de pareja, de amistad o familiar. Pero no es suficiente; debe existir comunicación, deseo, complicidad, afinidad…". Además, solemos creer que el enamoramiento inicial basta para sostener toda una vida en común. "El amor, el deseo, la comunicación, la complicidad hay que cultivarla diariamente como una planta, para que crezca y perdure".
Por eso insiste en que la terapia no debería ser vista como un recurso extremo, sino como una herramienta más cuando aparece una crisis. "La terapia de pareja no debe ser `la última oportunidad', sino un recurso para reconectar cuando vemos que no estamos pudiendo hacerlo. Y te aseguro, ¡siempre hay crisis en las relaciones!".
Una de las grandes trampas es pensar que mientras haya amor no hay problema. Pero la desconexión puede instalarse incluso cuando el deseo de seguir juntos permanece.
"Situaciones de desconexión, donde la comunicación apenas existe o ha desaparecido", son una de las señales más claras. A lo largo de la vida atravesamos múltiples etapas que suponen retos: desde el inicio de la relación, cuando puede costar establecer límites con la familia de origen, hasta la llegada de los hijos, la crianza, la marcha de estos del hogar o la jubilación.
"Con la llegada de los hijos hay que adaptarse a un nuevo rol de madre o padre y hacer hueco en la vida a este nuevo ser, pero sin olvidar la pareja (algo que suele ocurrir mucho y que pasa una gran factura)", advierte. Si durante años toda la energía se centra en la crianza, cuando los hijos se emancipan puede aparecer un vacío inesperado: "Aparece una extrañeza con esa persona que es nuestra pareja".
A esto se suman las crisis personales que también impactan en la relación. "La incomunicación, el cansancio y las discrepancias que se repiten y se perpetúan son indicadores de que algo no va bien y que una ayuda profesional puede ser de mucha utilidad".
No siempre hay grandes discusiones. A veces el deterioro es silencioso. El trabajo, el estrés y la falta de tiempo van restando espacio a la intimidad emocional.
"La insatisfacción que produce la rutina aparece en silencios, renuncias internas, sentimientos de frustración, culpabilización del cónyuge, tristeza, apatía", describe. Son síntomas que muchas parejas normalizan, pero que, si se prolongan, se enquistan.
"Ante estos síntomas debemos sentarnos a hablar sobre lo que estamos viviendo y cómo lo estamos viviendo. Porque si esto se prolonga se convierte en un problema". Cuanto antes se aborde, más sencillo será alcanzar acuerdos y entender que en toda relación hay negociación y renuncia. "También en la relación de pareja, como en todas las relaciones, hay que negociar y renunciar para ganar".
La idea de una pareja que nunca discute es, para el especialista, un mito peligroso. "Los conflictos son inherentes a cualquier relación. Esta afirmación rompe la falsa idea de que si nos queremos no vamos a discutir nunca, y eso es una gran mentira".
La clave no está en evitar el conflicto, sino en cómo se gestiona. "La mayoría de los conflictos solemos resolverlos sin grandes ayudas externas. A veces hablando y otras dejándolos pasar; esto va a depender de cada pareja". Existe un amplio rango de afrontamiento sano.
¿La señal de alarma? "Cuando un mismo tema conflictivo aparece reiterativamente significa que ahí hay un nudo que no está pudiendo resolver la pareja y que quizás necesite ayuda profesional". Y lanza una comparación clara: "No hay que esperar a `no aguantar más', igual que no esperamos a estar gravemente enfermos para acudir al doctor".
Infidelidades, mudanzas, enfermedades, dificultades económicas o la llegada de un hijo pueden tensionar profundamente la relación. Pero también pueden convertirse en oportunidades de crecimiento.
"Con comunicación franca, con amor verdadero y con compromiso en la relación", afirma, es posible reconstruir. Las adversidades, bien afrontadas, fortalecen. "Al igual que un deportista que afronta adversidades se convierte en un mejor atleta, la pareja mejora y crece tras afrontar dificultades".
En este proceso, el acompañamiento profesional resulta clave: "El profesional acompañará a la pareja sin enredarse excesivamente en círculos viciosos que los dejan atrapados". El espacio terapéutico permite crecer en intimidad, conexión y vulnerabilidad, pilares fundamentales para recomponer los lazos dañados.
Desde la FEATF, el mensaje es claro: acudir a terapia no es fracasar, es responsabilizarse. "Pedir ayuda en una terapia de pareja es aceptar que solo no puedo, no podemos. Es poner por delante el amor y el compromiso con la otra persona antes que mis miedos, mi orgullo o mis inseguridades".
El terapeuta acreditado, explica, "va a cuidar a las personas, las va a acompañar con tacto, cercanía y un mapa claro por el que transitar". La confianza, eso sí, no se impone: se construye desde la profesionalidad y la humanidad.