Un estudio con más de 7.800 niños apunta a que convivir con un perro se asocia con más conductas prosociales como compartir, ayudar o cooperar y menos dificultades para relacionarse con otros niños. Aunque no habla directamente de bullying, sí se fija en factores clave: la empatía, la regulación emocional ...
Un estudio con más de 7.800 niños apunta a que convivir con un perro se asocia con más conductas prosociales como compartir, ayudar o cooperar y menos dificultades para relacionarse con otros niños. Aunque no habla directamente de bullying, sí se fija en factores clave: la empatía, la regulación emocional y las habilidades sociales, que están muy presentes en las dinámicas de acoso.
Los expertos explican que el vínculo con un animal no "evita" el acoso por sí solo, pero puede ayudar a construir una base emocional más sólida. Cuidar de un perro implica rutinas, responsabilidad y aprender a interpretar señales, algo que entrena habilidades sociales de forma cotidiana y casi sin darse cuenta.
Un apoyo silencioso en casa
Los animales también pueden funcionar como una especie de "zona segura" emocional. Para muchos niños, son ese espacio donde no hay juicio, donde pueden expresarse sin miedo al rechazo y practicar la interacción social con más tranquilidad. En algunos casos, incluso pueden suplir parte del rol de un hermano en el aprendizaje de habilidades básicas de convivencia.
En este sentido, el Dr. Jaume Fatjó, director de la Cátedra Fundación Affinity Animales y Salud de la Universidad Autónoma de Barcelona, añade que "el vínculo con los animales de compañía puede proporcionar un entorno de seguridad emocional y de aprendizaje, que el niño puede trasladar a sus relaciones fuera del ámbito familiar".
Además, distintos especialistas señalan que el vínculo con un animal puede ayudar a reducir el estrés y reforzar la sensación de seguridad en casa. Y aunque no sustituye el acompañamiento adulto ni el trabajo educativo, sí puede ser un apoyo valioso en el desarrollo emocional infantil.
Claudia Figuerola, de 27 años, sufrió acoso escolar entre los 12 y los 14 años -insultos, agresiones verbales, aislamiento por parte de sus compañeros durante tres cursos de la ESO- y explica cómo sus dos perros, Bram y Peton, con los que convivía desde los cinco años, fueron un apoyo fundamental durante esos años: "Me sentía muy sola y, cuando llegaba a casa, mis perros eran como mis mejores amigos. Podía pasar la tarde con ellos y me sentía tranquila. Con la gente me costaba hablar, pero con los perros me salía de forma natural, y me hacían sentir muy acompañada".