La Asociación Española de Pediatría viene alertando en los últimos años de un peligroso escenario: los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) han experimentado un aumento alarmante, con un incremento significativo en niños y adolescentes. Esta tendencia, agravada desde la pandemia, se manifiesta en edades cada vez más tempranas (en ...
La Asociación Española de Pediatría viene alertando en los últimos años de un peligroso escenario: los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) han experimentado un aumento alarmante, con un incremento significativo en niños y adolescentes. Esta tendencia, agravada desde la pandemia, se manifiesta en edades cada vez más tempranas (en torno a los 11 o 12 años) y afecta especialmente a las mujeres.
Y es que, aunque solemos hablar de las tallas de ropa como una cuestión estética, su dimensión alcanza también a la salud mental. Un reciente estudio liderado por Lucía Gallego Deike, investigadora de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y directora médica del Instituto de Salud Mental y Bienestar, (EMOOTI), pone cifras a una realidad que muchas adolescentes viven en silencio: la presión por encajar en tallas irreales puede favorecer ansiedad, frustración y trastornos de la conducta alimentaria, especialmente entre chicas de 12 a 15 años.
La investigación revela además que en España se registraron más de 15.000 ingresos por anorexia nerviosa en las últimas dos décadas y confirma que el 90% de los casos corresponde a mujeres. Pero limitar el problema a la adolescencia sería simplificar demasiado una presión estética que nos acompaña durante toda su vida.
Una frustración continua
Durante años hemos asumido que probarse una prenda y sentir la frustración de no encontrar talla o que estas varíen sustancialmente en función de la tienda forma parte de la realidad de ir de compras. Sin embargo, los especialistas alertan de que, para muchas mujeres, esto puede convertirse en una experiencia profundamente emocional.
"No entrar en una talla puede provocar una autoevaluación negativa", explica Gallego. Esa sensación de "mi cuerpo no encaja" no se queda solo en el probador. Es más, puede transformarse en vergüenza, culpa o autocrítica destructiva.
"El tallaje reducido en la ropa para adolescentes puede aumentar el riesgo de malestar psicológico y problemas de salud mental", indica. "La frustración continua por no encontrar tallas disponibles o no poder acceder a determinadas marcas puede activar ansiedad, autocrítica, perfeccionismo o sensación de no encajar". Además, la reducción del rango de tallas o la oferta exclusiva de modelos pequeños (incluyendo formatos one size) refuerza un ideal corporal limitado. "No solo define una estética, sino que condiciona la salud mental de una generación", subraya la investigadora.
Y aunque la adolescencia es especialmente vulnerable, la relación conflictiva con el cuerpo suele mantenerse en la edad adulta. De hecho, muchas mujeres llegan a los 30, 40 o 50 años con una autoestima todavía condicionada por mensajes recibidos desde muy jóvenes: que adelgazar es una obligación, que el cuerpo debe permanecer igual para ser válido, o que ganar peso equivale a "descuidarse". En plena era de la regresión a la delgadez patrocinada por Ozempic y derivados, la `moda' del `body positive' parece que quedó en un espejismo.
De hecho, en las mujeres adultas, la presión estética adopta nuevas capas. Ya no se trata solo de parecer delgada, sino también de parecer joven, tonificada y "correcta" después de embarazos, cambios hormonales o etapas vitales inevitables. El cuerpo femenino está sometido a un escrutinio constante por parte de la sociedad, incluso en épocas donde está más vulnerable como durante la maternidad, la menopausia, los cambios de peso o incluso el envejecimiento natural.
Muchas mujeres describen una sensación muy concreta al ir de compras: el probador deja de ser un espacio neutro y se convierte en un examen personal. Una talla que antes servía y ahora no entra puede despertar inseguridades, generar ansiedad o activar dinámicas de restricción alimentaria.
A esto se suma otro fenómeno frecuente: la culpa silenciosa. La idea de que el cuerpo "debería mantenerse" igual pese al paso del tiempo, el estrés, la conciliación, los cambios hormonales o la propia vida real.
Redes sociales, el mayor `hater'
Para colmo, en las últimas décadas las redes sociales han ampliado la presión estética a todas las edades.
Hoy las mujeres adultas consumen diariamente imágenes de cuerpos con filtros, rutinas imposibles y mensajes disfrazados de bienestar que, en ocasiones, siguen reforzando un mismo ideal físico. Ya no solo aparecen adolescentes aspirando a un determinado cuerpo, también madres recientes recuperando "su figura" en semanas, mujeres de 50 con apariencia de 30, o discursos constantes sobre "verse mejor" y "corregir" el cuerpo.
Las consecuencias: inseguridad y complejos que no le son ajenos ni a la mujer más trabajada y segura de sí misma. Todavía resulta común y frecuente vivir permanentemente pensando en dietas, evitando ciertas prendas o buscando vestirse para "disimular", rechazando posar en fotografías e incluso yendo a la playa con reticencias.
Y aún así, la presión estética no solo llega desde Instagram o TikTok. También sigue subyaciendo en conversaciones aparentemente inocentes. "Qué bien te has quedado", "has adelgazado muchísimo" o "yo no podría ponerme eso" son comentarios normalizados que siguen vinculando la valía de la mujer al aspecto físico.
Neutralidad corporal como filosofía
El problema es que muchas mujeres han aprendido a relacionarse con su cuerpo desde la corrección constante: esconder, disimular, compensar, controlar. Por eso, cada vez más psicólogos insisten en la necesidad de cambiar la conversación. No se trata de ignorar el cuerpo, sino de dejar de convertirlo en el centro absoluto de la autoestima.
En esa línea surgió el `body neutrality', un movimiento que promueve la aceptación de tu cuerpo tal y como es, sin centrarse en la apariencia física ni en la necesidad de amarlo incondicionalmente. Nacido a mediados de la década de 2010 como una respuesta a la presión constante de amar todos los aspectos de nuestro cuerpo, la neutralidad corporal quiere liberar a las personas de la obsesión con la imagen corporal y permite que se enfoquen en lo que sus cuerpos pueden hacer y cómo se sienten en ellos. Es decir, conectar con el cuerpo desde una perspectiva neutra, sin juicios ni expectativas sobre la apariencia.
En resumidas cuentas, en una sociedad que evalúa constantemente los cuerpos femeninos, una de las tareas más difíciles para muchas mujeres adultas es reaprender cómo se relaciona con el suyo propio. Aceptar que el cuerpo está vivo y que va cambiando. Y para ello, primero hay que interiorizar algo importante: muchas inseguridades no nacieron de manera espontánea, sino de años de mensajes culturales, publicitarios y sociales que nos hicieron creer que ocupar espacio más allá de una talla 36 era un problema.