Si esto te suena familiar, no es que lo estés haciendo mal. Es que las rabietas funcionan de una manera que no tiene nada que ver con la lógica, y entender eso es lo que cambia la forma de gestionarlas. En esvivir.com queremos hablar de esto sin teoría vacía y ...
Si esto te suena familiar, no es que lo estés haciendo mal. Es que las rabietas funcionan de una manera que no tiene nada que ver con la lógica, y entender eso es lo que cambia la forma de gestionarlas. En esvivir.com queremos hablar de esto sin teoría vacía y con lo que realmente ayuda.
Una rabieta no es un capricho ni una estrategia del niño para manipularte, aunque en el momento lo parezca. Es el resultado de una tormenta neurológica que el niño no puede controlar porque su corteza prefrontal, la parte del cerebro encargada de regular las emociones y tomar decisiones racionales, no estará completamente desarrollada hasta los 25 años. A los dos o tres años, esa capacidad de regulación emocional es prácticamente inexistente. El niño siente una emoción con una intensidad que le desborda y no tiene herramientas para gestionarla. Lo que vemos desde fuera como una rabieta es, desde dentro, algo que se parece mucho a un cortocircuito.
Hay factores que aumentan la probabilidad de que ocurran:
El hambre y el cansancio son los dos desencadenantes más comunes. Un niño con las reservas físicas bajas tiene mucho menos margen de tolerancia a la frustración.
La falta de control. Los niños pequeños tienen muy poco poder de decisión sobre su vida. Cuando algo que sí perciben como suyo se les niega o se les impone, la reacción puede ser desproporcionada.
Los cambios de actividad bruscos. Pasar de jugar a vestirse, de la bañera a la cama o del parque a casa sin transición es un detonante frecuente que se puede anticipar.
Cuando la rabieta ya ha empezado, hay algo importante que conviene asumir: en ese momento no se puede razonar con el niño. El cerebro emocional ha tomado el control y el cerebro racional no está disponible. Intentar explicar, negociar o convencer no solo no funciona, sino que a menudo intensifica la rabieta porque el niño percibe más estimulación en un momento en que ya está desbordado.
Lo que sí funciona:
Mantener la calma propia. Es lo más difícil y lo más importante. Si el adulto también se activa emocionalmente, el niño lo percibe y la rabieta escala. No hace falta estar perfecta, pero sí intentar bajar el tono de voz en lugar de subirlo.
Acompañar sin ceder ni castigar. Estar presente, a su altura, sin exigir que pare. Algo tan sencillo como "estoy aquí, ya sé que estás muy enfadado" puede no tener efecto inmediato, pero le dice al niño que no está solo en esa emoción.
No añadir más normas ni amenazas en medio de la rabieta. "Como no pares te quedas sin postre" es una amenaza que el niño en ese estado no puede procesar. Se guarda para cuando esté calmado.
Esperar. Las rabietas tienen un pico y luego bajan. Si no se alimentan con reacción emocional del adulto, suelen durar menos de lo que parece.
Ofrecer contacto físico cuando empieza a calmarse. No en el pico, donde puede rechazarlo, sino cuando la intensidad baja. Un abrazo en ese momento reconecta y cierra el episodio de forma mucho más efectiva que cualquier explicación.
Lo que no funciona, aunque a veces se usa:
Ignorar completamente al niño durante la rabieta, especialmente con niños muy pequeños que aún no tienen recursos para calmarse solos.
Reírse o minimizar lo que siente.
Ceder para que pare, porque enseña que la rabieta es el camino para conseguir lo que quiere.
Gestionar las rabietas no se trata de eliminarlas, porque forman parte del desarrollo normal de la infancia. Se trata de atravesarlas con el menor desgaste posible para los dos, y de que el niño aprenda, con el tiempo y con tu modelo, que las emociones intensas se pueden sentir sin que todo se rompa.