Se suele decir que la sobreexposición solar envejece la piel desde dentro. Sin embargo, Yvette Pons, experta en bioestética funcional, cree que el impacto de la radiación UV va mucho más allá de la superficie y sus efectos más visibles: "El exceso de sol también modifica la forma en que ...
Se suele decir que la sobreexposición solar envejece la piel desde dentro. Sin embargo, Yvette Pons, experta en bioestética funcional, cree que el impacto de la radiación UV va mucho más allá de la superficie y sus efectos más visibles: "El exceso de sol también modifica la forma en que el rostro envejece".
Para entender cómo el fotoenvejecimiento puede alterar y reorganizar la arquitectura del rostro, debemos partir de una idea básica: la piel ejerce un gran papel en la estructura facial.

Foto: José Mizrahi /Unsplash.
Un soporte básico para el rostro
La piel no actúa de forma aislada. Está conectada con el tejido conectivo, la fascia superficial y el SMAS (sistema músculo-aponeurótico superficial). En resumen, una red que soporta, transmite y distribuye las fuerzas del movimiento facial. Cuando alguna parte de esta red pierde calidad, todo el sistema se reorganiza.
"Imagina la piel como una cama elástica atada a diferentes puntos de una estructura. Si la tela pierde elasticidad, aunque los anclajes se mantengan fijos, la distribución de tensiones cambia por completo. Eso es exactamente lo que sucede con el fotodaño acumulado", explica Pons.
Cómo influye la radiación UV en los tejidos
La exposición prolongada al sol, especialmente a la radiación UVA (aquella que penetra profundamente en la piel) desencadena una serie de procesos que degradan la calidad del tejido:
El resultado es una dermis que ya no soporta las cargas de la misma manera. Una piel que transmite las fuerzas de forma diferente y se adapta al movimiento con menor eficacia.
El papel de la matriz extracelular
Bajo la superficie cutánea, existe un componente esencial: la matriz extracelular. Además de actuar como soporte físico, también regula funciones celulares clave como la proliferación, la diferenciación y la migración. Los fibroblastos que habitan en ella son mecanosensibles: responden a la tensión, la compresión y el estrés mecánico.
"Piénsalo así: caminar sobre un suelo firme y nivelado exige adaptación por parte del cuerpo. Hacerlo sobre un terreno irregular, otro muy diferente. Cuando la matriz cambia su composición por el daño solar, el tejido responde de forma distinta a cada movimiento, expresión y tensión", argumenta Pons. Las radiaciones UV alteran esta matriz, por lo que modifican el comportamiento mecánico de todo el tejido circundante.

Foto: Paula Berto /Unsplash.
El SMAS, capa que conecta todo el rostro
Pons considera al SMAS como una capa de tejido que recubre y conecta los músculos de la cara y el cuello, formada por colágeno, elastina y tejido graso. Su función principal es coordinar el movimiento muscular, generar expresiones faciales y aportar estructura y soporte al rostro.
Cuando la piel, unida al SMAS, pierde calidad mecánica por el fotodaño, también se perjudica esa coordinación ya mencionada. Este fenómeno ni sucede de forma drástica ni repentina. El rostro se reorganiza y cambia su arquitectura de manera progresiva.
Una mirada disruptiva sobre el envejecimiento solar
En general, la mayoría de la gente dice: "El sol envejece". Por su parte, Yvette Pons propone: "El exceso de exposición solar cambia cómo se comporta el tejido, alterando la biomecánica de la cara". Sin duda, es una manera distinta de entender, y abordar, el envejecimiento cutáneo. Para la especialista, este proceso trasciende el impacto estético o biológico, influyendo en la función estructural de la piel y todo lo que hay debajo de ella.

Foto: Yvette Pons.
Foto cabecera: Samantha Sokolova / Unsplash.