En los 90 y principios de los 2000 proliferaron en televisión las historias que priorizaban el viaje emocional y la evolución de los protagonistas, las llamadas o `character-driven'. La generación millennial creció viendo en la pantalla series sobre treintañeros con vidas soñadas. Más allá de Carrie Bradshaw (más de una ...
En los 90 y principios de los 2000 proliferaron en televisión las historias que priorizaban el viaje emocional y la evolución de los protagonistas, las llamadas o `character-driven'. La generación millennial creció viendo en la pantalla series sobre treintañeros con vidas soñadas. Más allá de Carrie Bradshaw (más de una nos seguimos preguntando cómo podía permitirse ese armario lleno de Manolos y un apartamento tan coqueto en Nueva York), ¿quién no aspiró alguna a una adultez como la de `Friends', referente absoluto de toda una generación?
En España o en USA, lo cierto es que durante mucho tiempo la ficción sobre los treintañeros urbanos mostraba casas imposibles de pagar para el españolito medio, romances demasiado intensos y crisis existenciales que acababan bien. Luego llegó el boom de los thrillers y series de suspense.
Pero la ficción, como la historia, parece cíclica. Algo ha vuelto a cambiar en los últimos años con producciones como `Valeria', `Vida perfecta', `Fleabag', `Envidiosa' o `Todo lo otro'. Ahora bien, la mayoría de ellas ya no hablan de personajes aspiracionales, sino de personas agotadas, precarizadas algunas y desbordadas emocionalmente.
En ese territorio se mueve `Se tiene que morir mucha gente', la nueva serie original de Movistar Plus+, creada por Victoria Martín (@Livingpostureo) y una de las presentadoras del pódcast `Estirando el chicle' a partir de su propia novela homónima.
La ficción, protagonizada por Anna Castillo, Macarena García y Laura Weissmahr, sigue a tres amigas que rondan los treinta y sobreviven como pueden a trabajos frustrantes, relaciones desequilibradas y una sensación constante de no haber llegado a la vida adulta que imaginaban. Bárbara, el personaje central, trabaja como guionista en televisión, vive atrapada entre la ansiedad y las benzodiacepinas y arrastra una especie de rabia existencial permanente. A su alrededor orbitan Maca, actriz frustrada convertida en camarera, y Elena, embarazada y casada con un hombre mucho mayor. Las jóvenes actrices Sofía Otero (Oso de Plata a la mejor interpretación por '20.000 especies de abejas'), Leire Hernández y Emma Hernández interpretan a sus personajes en la infancia.
La premisa podría recordar a muchas otras series sobre amistad femenina, pero `Se tiene que morir mucha gente' se distancia del tono utópico tan frecuente en este tipo de ficciones protagonizadas por mujeres en sus 30 y 40. Sus vidas no transcurren entre locales de moda, ni discursos motivacionales, ni idealización del empoderamiento. Bárbara, Maca y Elena sobreviven como pueden a la vida moderna, lidiando con el cansancio emocional armadas de humor negro y mostrándose abiertamente egoístas, autodestructivas y hasta desagradables.
Quizás por eso es capaz de conectar tan bien con un público que detrás de la pantalla se siente identificado con el malestar generacional que refleja.
El fin de la fantasía millennial
Victoria Martín adapta su éxito editorial como creadora, firma los guiones y se pone detrás de las cámaras junto a Sandra Romero, nominada al Goya por `Por donde pasa el silencio', y Nacho Pardo, su compañero en Living Producciones.
Fiel al estilo ácido, irónico, directo y sin corrección política de la cómica y presentadora, los personajes no intentan parecer mejores de lo que son. Martín no quería escribir personajes ejemplares ni moralmente perfectos.
Hablan de ansiedad, inseguridad o frustración laboral desde un lugar incómodo que aúna cinismo y vulnerabilidad. La serie recoge precisamente esa sensibilidad. Según la propia creadora, el proyecto nació hace casi una década y fue rechazado antes de transformarse en novela. Finalmente, el éxito editorial terminó devolviendo la historia a la pantalla.
Otro de los aspectos especialmente llamativo de 'Se tiene que morir mucha gente' es la forma en que desmonta cierta representación edulcorada de la amistad femenina. Como sabia nueva en esto de los lazos entre mujeres retratados en la pantalla, las protagonistas se quieren, pero también se juzgan, se utilizan emocionalmente y se decepcionan mutuamente.
Por eso, además de hacer pasar un buen rato al espectador con su mezcla de comedia existencial y humor negro descarnado, los nacidos entre principios de los 80 y mediados de los 90 pueden verse retratados como la generación de la contradicción permanente y la insatisfacción vital. Personajes educados bajo la idea de que podían aspirar a cualquier cosa y que, sin embargo, viven atrapados entre precariedad laboral, agotamiento mental y expectativas imposibles. Aquellos que forman parte de "la generación mejor preparada de la historia", que creían que se iban a comer el mundo y han acabado viviendo con más incertidumbres que sus padres.
En definitiva, la serie no presenta tragedias de grandes dimensiones; el conflicto es mucho más cotidiano (y reconocible): sentir que la vida adulta no termina de arrancar. Porque si las series de los 90 prometían que crecer significaba encontrar estabilidad, amor y éxito profesional, muchas ficciones actuales asumen que la vida nos lleva por otros derroteros. Y la adultez contemporánea consiste, sobre todo, en aprender que la felicidad quizás se parezca más a tener paz mental en una época donde la escasez de certezas es la nota predominante.