Dormir bien, ¿el nuevo símbolo del lujo contemporáneo?

María Robert 

En una sociedad agotada y permanentemente conectada que sufre burnout, hiperconexión el descanso se ha convertido en un bien escaso. Tanto, que la obsesión por el sueño perfecto ha dado lugar a un nuevo trastorno: la ortosomnia

18/06/2026

El descanso se asociaba a perder el tiempo hasta hace no tanto ¿Cuántas veces hemos escuchado esa típica frase de "ya dormiré cuando me muera" en boca de nuestros padres o abuelos? En una sociedad educada para sentirse culpable al frenar y ser productiva hasta la extenuación, dormir parece una ...

El descanso se asociaba a perder el tiempo hasta hace no tanto ¿Cuántas veces hemos escuchado esa típica frase de "ya dormiré cuando me muera" en boca de nuestros padres o abuelos? En una sociedad educada para sentirse culpable al frenar y ser productiva hasta la extenuación, dormir parece una necesidad fisiológica totalmente sobrevalorada. Aunque, afortunadamente, esa concepción poco a poco empieza a cambiar.

No es casualidad. Los problemas de sueño se han disparado en los últimos años. Según datos de la Sociedad Española de Sueño (SES), cerca de la mitad de la población española reconoce tener dificultades para dormir adecuadamente. Estrés, hiperconexión digital, ansiedad, jornadas interminables y horarios desordenados han convertido el descanso en un privilegio que no está al alcance de la mayoría.

Y precisamente por esa razón, el sueño ha dejado de ser únicamente una cuestión de salud para convertirse también en un símbolo de bienestar y estatus contemporáneo.

La nueva obsesión del bienestar puede ser bastante perjudicial

Basta abrir las todopoderosas redes sociales, las auténticas prescriptoras `wellness' de nuestro tiempo. En Instagram y TikTok proliferan vídeos sobre rutinas nocturnas, suplementos para dormir mejor e incluso tendencias virales como el `sleepmaxxing', un fenómeno que en su hashtag reúne todo tipo de hábitos destinados a optimizar el descanso: productos de magnesio, antifaces de seda, cintas bucales, luces cálidas o desconexión digital horas antes de acostarse. La base de este movimiento tiene sentido, ya que prioriza el descanso. Pero ojo, porque los expertos ya han comenzado a advertir de que técnicas extremas como el `mouth taping' (sellar la boca) carecen de evidencia científica sólida e incluso pueden ser peligrosas para personas con problemas respiratorios o apnea del sueño.

Además, paradójicamente, esta preocupación excesiva por tener un sueño perfecto puede provocar insomnio y dificultar un descanso adecuado. Este trastorno relativamente nuevo ya tiene nombre, ortosomnia, término que proviene de la unión de las palabras orthos, cuyo significado es recto o correcto, y somnium, sueño.  El hábito de dormir, como muchos otros de la vida, se ha transformado con la digitalización gracias al surgimiento de las aplicaciones móviles y los dispositivos weareables como relojes inteligentes y pulseras de actividad.

Con la llegada de estos dispositivos y su capacidad de recopilar datos biométricos básicos, hoy es posible monitorear aspectos como la actividad física, la frecuencia cardiaca, el recuento de pasos diarios o incluso el sueño. Algo que puede resultar muy útil, pero que también está teniendo consecuencias negativas para algunas personas que terminan por obsesionarse y sufrir consecuencias indeseadas, tales como signos de estrés, insomnio o somnolencia diurna.

En paralelo, la llamada "economía del sueño" no deja de crecer. Un informe de McKinsey & Company resume cómo el bienestar se ha convertido en una industria multimillonaria donde el descanso ocupa un lugar cada vez más relevante. Es cada vez más corriente encomendarse a apps de meditación, suplementos para dormir o dispositivos que monitorizan las fases de sueño. Muestra de ello son productos como Oura Ring o aplicaciones como Calm y Headspace, el reflejo de hasta qué punto el descanso se ha convertido en un objetivo prioritario.

Agotamiento crónico instalado en una generación entera 

Pero detrás de toda esta amalgama de tendencias con nombres anglosajones relacionadas con el sueño subyace una lectura mucho más profunda. Dormir bien se percibe casi como un privilegio.

El agotamiento millennial, o burnout crónico, es un síndrome de estrés extremo que afecta profundamente a esta generación. Una mezcla de expectativas incumplidas, inestabilidad económica y la presión constante por la hiperproductividad y la perfección en redes sociales es un cóctel explosivo que desemboca en agotamiento físico y mental. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce este síndrome desde 2022 como enfermedad profesional.

Los datos son concluyentes: más del 60 % de la población activa ha experimentado alguna vez sus síntomas. Ibai Arregui Satrustegui, especialista en Psicología Clínica del Hospital Universitari General de Catalunya, advierte que sus efectos no se limitan al ámbito laboral: "Se filtra en todas las esferas de la vida, impactando en la salud mental y física de las personas".

El burnout es la cronificación del estrés laboral, un proceso progresivo en el que la persona va perdiendo energía, motivación y su propia identidad profesional. Rocío Roses Gómez, especialista en Psiquiatría del Hospital Universitari Sagrat Cor y del Centre Mèdic l'Eixample Sagrat Cor, añade que "la persona con burnout no solo está cansada; está emocionalmente agotada, se siente desconectada de su trabajo y percibe que su rendimiento ha caído". Esta enfermedad no solo roba la energía, sino también la confianza y, casi siempre, el sueño.

Por esa razón, mantener hábitos saludables en el día a día es una de las medidas que pueden ayudar a prevenir sus consecuencias. El ejercicio regular, el sueño de calidad y una alimentación equilibrada ayudan a cuidar tu salud física y mental.

Sin embargo, tener tiempo para descansar, no vivir pendiente del móvil a todas horas o mantener horarios estables no está al alcance de todo el mundo. Algunos estudios internacionales han analizado cómo el descanso empieza a funcionar también como un marcador silencioso de desigualdad. Dormir ocho horas, desconectar del trabajo o mantener rutinas equilibradas requiere muchas veces estabilidad emocional, tiempo y recursos.

En este sentido, la Sleep Foundation apunta que el estrés crónico y la ansiedad son actualmente dos de los factores que más afectan al descanso. Y eso explica por qué cada vez más personas buscan recuperar hábitos más sostenibles en la medida de lo posible: desconectar antes de dormir, limitar el uso de pantallas o crear rutinas nocturnas más relajadas.

Porque el descanso no es un lujo, es una necesidad biológica y un derecho humano fundamental establecido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Quizá el verdadero éxito de hoy en día ya no sea producir más, sino tener una vida lo bastante equilibrada como para poder levantarse cada mañana después de un sueño reparador.


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