Como referencia general, en adultos se considera sobrepeso cuando el índice de masa corporal (IMC) se sitúa entre 25 y 29,9, mientras que la obesidad se establece a partir de un IMC igual o superior a 30. Sin embargo, este cálculo solo relaciona peso y altura, ya que se calcula ...
Como referencia general, en adultos se considera sobrepeso cuando el índice de masa corporal (IMC) se sitúa entre 25 y 29,9, mientras que la obesidad se establece a partir de un IMC igual o superior a 30. Sin embargo, este cálculo solo relaciona peso y altura, ya que se calcula elevando la altura al cuadrado y dividiendo ese resultado entre el peso. Por sí solo, no permite saber cómo se distribuye la grasa ni qué impacto metabólico tiene en cada persona.
Por ello, la diferencia entre sobrepeso y obesidad no debe entenderse solo como un cambio de categoría. En algunos casos, el sobrepeso no se acompaña de alteraciones relevantes en las analíticas. En otros, aunque el IMC no alcance el rango de obesidad, la acumulación de grasa abdominal, la hipertensión o determinadas alteraciones metabólicas pueden indicar un mayor riesgo cardiometabólico.
La obesidad, por su parte, se considera una enfermedad crónica y multifactorial. En su desarrollo influyen factores biológicos y hormonales, pero también el descanso, la salud emocional, los hábitos de alimentación, la actividad física, la medicación, el entorno social y la historia clínica de cada persona. Por eso, su abordaje requiere una valoración más amplia que la simple pérdida de peso.
Los expertos de Sanitas recomiendan prestar atención a varios aspectos para comprender mejor el riesgo individual y saber cuándo consultar:
1. No quedarse solo con el número de la báscula: el peso puede variar por muchos motivos y no siempre refleja la cantidad ni la distribución de la grasa corporal. El perímetro abdominal y la evolución mantenida en el tiempo aportan información relevante.
2. Revisar las analíticas y la presión arterial: la glucosa, el colesterol, los triglicéridos o la tensión pueden mostrar si el exceso de peso está teniendo impacto metabólico, incluso cuando la persona no percibe síntomas claros.
3. Observar la capacidad funcional: notar más fatiga al caminar, subir escaleras o realizar actividades habituales puede indicar que el exceso de peso está afectando a la movilidad, la resistencia o la calidad de vida.
4. Prestar atención al descanso: los ronquidos intensos, los despertares frecuentes o la sensación de no descansar pueden estar relacionados con alteraciones del sueño asociadas al exceso de peso, sobre todo cuando existe acumulación de grasa abdominal.
5. Evitar soluciones rápidas: las dietas muy restrictivas, los productos para adelgazar o los tratamientos iniciados por cuenta propia suelen ser difíciles de mantener y no siempre responden a las necesidades reales de la persona. Además, pueden favorecer la recuperación del peso perdido o generar malestar físico y emocional.
Bajo esta perspectiva, el abordaje del exceso de peso requiere una mirada individualizada y sostenida en el tiempo. La alimentación, la actividad física adaptada, el descanso, la dimensión emocional y el contexto de vida influyen de forma directa en la evolución de cada paciente. Por eso, el seguimiento profesional permite ajustar los objetivos, identificar barreras y acompañar los cambios de forma segura.