¿Tu hijo adolescente ya no te cuenta nada? Puedes cometer este error sin darte cuenta

Ángela Zorrilla

La distancia, las discusiones y los silencios suelen preocupar a madres y padres cuando llega la adolescencia. Sin embargo, detrás de muchos conflictos familiares no hay falta de cariño, sino una etapa natural de crecimiento. Un experto en terapia familiar nos en primicia explica qué está ocurriendo realmente y cómo mejorar la comunicación en casa.

01/07/2026

La adolescencia suele llegar acompañada de una sensación compartida en muchos hogares: de repente, aquel niño o niña que lo contaba todo empieza a encerrarse más en sí mismo, pasa más tiempo con sus amistades y parece cuestionar cada norma familiar. Para muchos padres, esta transformación se vive con preocupación ...

La adolescencia suele llegar acompañada de una sensación compartida en muchos hogares: de repente, aquel niño o niña que lo contaba todo empieza a encerrarse más en sí mismo, pasa más tiempo con sus amistades y parece cuestionar cada norma familiar.

Para muchos padres, esta transformación se vive con preocupación e incluso con cierta sensación de pérdida. Sin embargo, según explica Antonio Olives, psicoterapeuta familiar y vocal de investigación de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), gran parte de estos cambios forman parte de un proceso evolutivo completamente normal.

"Uno de los errores más frecuentes es interpretar la necesidad de autonomía como un rechazo afectivo", señala el especialista. En realidad, la adolescencia implica una profunda reorganización de las relaciones familiares. Lo que funcionaba cuando un hijo tenía ocho años deja de ser eficaz cuando alcanza los 13 o 14, y puede incluso generar más conflictos.

La clave está en comprender que los adolescentes están inmersos en un proceso conocido como individuación: la construcción de una identidad propia. Durante esta etapa desarrollan criterios personales, buscan mayor independencia y empiezan a diferenciarse de su familia. Por eso, acercarse más a su grupo de amigos, reclamar privacidad o cuestionar ciertas normas no significa necesariamente que quieran menos a sus padres.

Cuando las familias interpretan estos comportamientos como una amenaza para el vínculo, suelen reaccionar intentando recuperar el control. Sin embargo, esta estrategia puede resultar contraproducente. "Si confundimos autonomía con rechazo, probablemente intentaremos recortarla, generando precisamente más rechazo", explica Olives.

Cuando preguntar aleja más que acerca

Otra situación habitual es la sensación de que cuanto más intentan hablar los padres con sus hijos adolescentes, menos respuestas obtienen. Para el experto, esto sucede porque muchas veces las conversaciones se convierten en interrogatorios encubiertos"Preguntamos para influir, no para saber", resume. Es decir, el objetivo no siempre es conocer realmente qué piensa o siente el adolescente, sino dirigir su comportamiento o transmitir una opinión determinada.

Además, las familias suelen mostrar más interés por los temas que consideran importantes desde su perspectiva adulta que por aquellos que apasionan a sus hijos. La música que escuchan, los creadores de contenido que siguen, sus formas de comunicarse o sus actividades de ocio suelen generar incomprensión entre generaciones.

No se trata de compartir esos gustos, sino de intentar comprenderlos. La investigación muestra que los adolescentes se comunican mejor con sus familias cuando se sienten aceptados, escuchados y respetados. De hecho, los padres conocen más aspectos de la vida de sus hijos cuando estos deciden compartirlos voluntariamente que cuando intentan obtener información mediante vigilancia o presión.

Límites sí, pero dentro de una buena relación

Uno de los mayores desafíos para las familias es encontrar el equilibrio entre establecer normas y respetar la creciente autonomía de sus hijos. Para Olives, la clave está en entender que la relación debe estar por encima de las normas"No deberíamos construir la relación alrededor de las normas; deberían ser las normas las que se construyan dentro de una buena relación", afirma.

Los adolescentes aceptan mejor los límites cuando comprenden su sentido, cuando pueden expresar su opinión y cuando sienten que sus argumentos son tenidos en cuenta. Esto no significa que decidan todo, sino que participan en la conversación. La misma lógica se aplica a cuestiones especialmente sensibles como el uso de móviles, redes sociales, horarios o amistades. Según el especialista, muchas familias educan desde el miedo debido al constante bombardeo de mensajes sobre riesgos digitales y sociales.

Aunque la supervisión sigue siendo necesaria, un control excesivo puede generar más enfrentamiento que protección. La recomendación es escuchar primero, comprender el punto de vista del adolescente y negociar límites coherentes con su realidad. Las familias funcionan mejor cuando abandonan la lógica de ganar discusiones y adoptan una dinámica de resolución conjunta de problemas.

Contrariamente a lo que muchas personas creen, la necesidad de acudir a terapia familiar no depende de la cantidad de conflictos que existan en casa. Las discusiones forman parte del desarrollo normal durante la adolescencia. Lo preocupante aparece cuando la familia pierde la capacidad de reconectar después de esos conflictos.

Si todas las conversaciones terminan en enfrentamientos, existe una retirada emocional persistente o se instala la sensación de que cualquier tema acabará mal, puede ser el momento de pedir ayuda.


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