Con la llegada de las vacaciones, muchas personas preparan su piel para el sol de la playa. No obstante, pocas piensan en protegerla durante el trayecto al destino vacacional. Para Esther Moreno, facialista y directora de Esther Moreno Studio, el error está claro: "Todavía relacionamos el protector solar con momentos ...
Con la llegada de las vacaciones, muchas personas preparan su piel para el sol de la playa. No obstante, pocas piensan en protegerla durante el trayecto al destino vacacional. Para Esther Moreno, facialista y directora de Esther Moreno Studio, el error está claro: "Todavía relacionamos el protector solar con momentos de ocio al aire libre. En realidad, debería acompañarnos en cualquier situación donde exista exposición solar acumulativa. El avión es una de las más olvidadas".
Lo que casi todo el mundo ignora antes de volar
Cada vez somos más conscientes acerca de la importancia de proteger nuestra piel de la exposición solar. A pesar de ello, existe un escenario donde el órgano más grande del cuerpo sigue expuesto a la radiación ultravioleta. Un escenario en el que la mayoría de las personas suele bajar la guardia: el avión.
A una altitud entre 9.000-12.000 metros, la atmósfera pierde gran parte de su capacidad de filtrado ante la radiación solar. Además, aunque las ventanillas de los aviones bloquean prácticamente la totalidad de los rayos UVB, dejan pasar una parte importante de la radiación UVA, responsable directa del fotoenvejecimiento cutáneo, la degradación del colágeno y la aparición de manchas.
"Muchas personas entienden la fotoprotección únicamente como una herramienta para evitar quemaduras. El principal enemigo estético de la piel no es solo la quemadura puntual. También se debe prestar atención a la suma de pequeñas dosis de radiación UVA que recibimos durante años sin ser conscientes. El avión es uno de los mejores ejemplos de ello", explica Moreno.

Foto: Sofía Sforza / Unsplash.
En este sentido, la especialista recuerda que el daño solar no siempre genera señales visibles e inmediatas. "Como no vemos rojeces al bajar del avión, asumimos que no ha pasado nado. Pero el fotoenvejecimiento funciona así, de forma silenciosa y acumulativa. La piel tiene memoria. No distingue si la radiación la recibes tumbada en una hamaca o sentada junto a la ventanilla de un avión. Lo único que registra es la cantidad de daño oxidativo acumulado", indica Moreno.
Mucho más que una cuestión de manchas y arrugas
La exposición a la radiación UVA durante los vuelos no es el único desafío al que se enfrenta la piel durante un vuelo. El ambiente de cabina presenta unas condiciones muy particulares que favorecen la deshidratación y alteran el equilibrio cutáneo.
La humedad relativa en el interior de un avión se suele situar entre un 10 y 20%, muy por debajo de los niveles considerados óptimos para la piel. Como consecuencia, aumenta la pérdida de agua transepidérmica y es frecuente experimentar sensación de tirantez, incomodidad o una apariencia más apagada al aterrizar. "Cuando la piel pierde agua, no solo se siente más tirante. También se vuelve menos eficiente para defenderse de agresores externos. Es como si durante unas horas trabajara con menos recursos de los que necesita".

Esther Moreno dentro de su estudio.
Al respecto, Moreno añade: "Es habitual llegar al destino pensando que la piel está cansada por el viaje. En realidad, la piel reacciona tras horas de exposición a un entorno extremadamente seco y a una agresión ambiental continua. La piel pierde confort, luminosidad y capacidad de defensa", señala. Esta es una de las razones por las que se debe preparar la piel antes de volar.
Cómo incorporar el fotoprotector durante el vuelo
La protección solar debería ser el último paso de la rutina antes de embarcar, sea cual sea el destino o la época del año, incluso en pleno invierno. "Cualquier situación en la que exista exposición a radiación UVA merece protección. Un vuelo de varias horas es una de ellas".
Foto cabecera: Patrick Hodskins / Unsplash.