El verano se asocia tradicionalmente con descanso, desconexión y tiempo libre. Sin embargo, aunque suene paradójico, hay quienes llegan a septiembre más cansados de lo que se fueron antes de las vacaciones. No es ninguna rareza, sino un fenómeno social que empieza a describirse como `burnout del ocio' o fatiga ...
El verano se asocia tradicionalmente con descanso, desconexión y tiempo libre. Sin embargo, aunque suene paradójico, hay quienes llegan a septiembre más cansados de lo que se fueron antes de las vacaciones. No es ninguna rareza, sino un fenómeno social que empieza a describirse como `burnout del ocio' o fatiga del ocio.
No tiene nada que ver con la `astenia veraniega', ese cansancio extremo provocado por el calor que puede provocarnos una bajada de defensas y otros problemas. Más bien se trata de una forma de cansancio emocional y mental vinculada a la presión por "aprovechar" el verano al máximo. Viajar, ir a la playa, socializar, desconectar, relajarse… y, al mismo tiempo, vivirlo todo como si cada día tuviera que ser memorable.
Vivimos en una época en la que la productividad y el rendimiento dominan incluso el tiempo libre.
El FOMO, miedo a perderse algo
Las vacaciones de verano se han convertido en un momento más en el que hacer checklist, lo que genera una presión constante por viajar, desconectar, aprovechar el buen tiempo, relacionarse con amigos y, en última instancia, coleccionar experiencias significativas. Y si no ocurre, aparece una sensación de estar perdiéndose algo.
Este fenómeno conecta directamente con el FOMO (fear of missing out), o miedo a quedarse fuera, descrito por primera vez en el ámbito académico por Andrew Przybylski en 2013 en un estudio publicado en Computers in Human Behavior. Investigaciones posteriores han mostrado cómo las redes sociales amplifican este fenómeno al aumentar la exposición constante a experiencias ajenas.
De hecho, el uso de redes sociales aumenta hasta un 30% en verano, impulsado por el tiempo libre y las vacaciones. En plataformas como Instagram y TikTok, el consumo de contenido crece alrededor de un 20%, y el envío de fotografías y vídeos llega a duplicarse.
Al scrollear en estas plataformas, nos inundan las imágenes de playas paradisíacas, viajes continuos, festivales, comidas `aesthetics' con vistas increíbles, cuerpos casi perfectos y vidas aparentemente apasionantes. Y frente a esa exposición continua, el verano propio puede parecer insuficiente. Hasta quedarse en casa puede generar una sensación de vacío que antes no existía.
Es aquí donde aparece una de las claves de esta fatiga, como señalan los expertos: la comparación permanente transforma el ocio en evaluación. La presión de demostrar, aunque sea implícitamente, que se está viviendo un verano de película.
Cuando `il dolce far niente' nos hace sentir culpables
A esta presión social se suma otro factor menos evidente: la sobreplanificación del tiempo libre. Muchas personas llegan al verano con una agenda tan llena como la del invierno, dejando poco espacio para la verdadera desconexión.
A esto se añade la idea de que hay que "aprovechar el buen tiempo", lo que empuja a estar constantemente activo. Es más, en ocasiones incluso descansar se convierte en una actividad más dentro de la lista. Investigaciones sobre gestión del tiempo libre y bienestar, como las publicadas por Eurofound (Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo), apuntan a que el exceso de actividades en periodos vacacionales puede reducir la percepción subjetiva de descanso. El resultado es una sensación de agotamiento difuso, duro de identificar, porque no proviene del trabajo, sino del ocio.
Uno de los síntomas más reconocibles de esta fatiga es la llamada "depresión postvacacional" o, en una versión más amplia, el cansancio de retorno. No se trata únicamente de la dificultad para volver a la rutina, sino de la percepción de haber vivido un verano demasiado intenso o poco reparador.
En muchos casos, el cuerpo ha estado en movimiento constante, pero la mente no ha descansado. El exceso de estímulos, la falta de rutinas estables y la presión por "aprovechar cada momento" generan una especie de hiperactivación emocional que pasa factura al final del verano.
Esto se enlaza con la demonización del descanso, que nos hace sentir culpables por practicar `il dolce far niente'. En una cultura donde incluso el ocio se somete a escrutinio público, descansar sin justificarlo puede generar incomodidad y culpabilidad. Quedarse en casa en agosto puede sentirse casi como una excepción que necesita explicación.
"El dulce placer de no hacer nada", reza la popular expresión italiana. No es pereza, sino una filosofía de vida que celebra el descanso consciente, permitiéndote disfrutar del momento presente y desconectar de las obligaciones sin sentir culpa. En esta época, esto se traduce en que no hay una forma correcta de vivir el verano. Ni una cantidad mínima de planes que garantice haberlo aprovechado.