En esvivir.com queremos plantear este tema con sensatez y sin culpa, porque comer fuera en verano forma parte del disfrute de la temporada, y con un poco de criterio se puede disfrutar de todo ello sin descontrolarse ni llegar a septiembre con la sensación de haberla liado.El problema no es ...
En esvivir.com queremos plantear este tema con sensatez y sin culpa, porque comer fuera en verano forma parte del disfrute de la temporada, y con un poco de criterio se puede disfrutar de todo ello sin descontrolarse ni llegar a septiembre con la sensación de haberla liado.
Comer fuera de vez en cuando no engorda ni desequilibra nada; lo que marca la diferencia es la frecuencia y la actitud con la que se afronta. En verano el riesgo está en que lo que serían ocasiones puntuales se encadenan un día tras otro: el aperitivo, la comida en el chiringuito, el helado de la tarde, la cena en la terraza. No es una comida, es el conjunto de muchas seguidas sin ningún criterio.
La clave, por tanto, no es prohibirse nada ni pasarlo mal contando cada bocado en vacaciones, sino recuperar cierto sentido común entre unas ocasiones y otras. Disfrutar de una buena comida fuera es perfectamente compatible con cuidarse; lo que no encaja es el descontrol permanente disfrazado de "estoy de vacaciones". Con unos cuantos gestos, se puede tener lo mejor de ambos mundos.
Comer fuera con cabeza no significa pedir siempre ensalada mientras el resto disfruta. Significa elegir con criterio y compensar con naturalidad. Algunas ideas que funcionan:
Aprovechar la temporada para pedir platos frescos y de producto: pescado, marisco, verduras a la plancha, ensaladas completas y gazpachos abundan en las cartas de verano y son deliciosos.
Compartir platos y raciones permite probar de todo sin acabar con cantidades enormes en el propio plato.
Escuchar la saciedad y no terminar por inercia; en una comida relajada es más fácil darse cuenta de cuándo ya se ha comido suficiente.
Moderar el alcohol, que en verano se dispara con las cañas y los tintos de verano y suma muchas calorías vacías además de deshidratar.
Y quizá lo más importante: compensar sin castigarse. Si un día hay una comilona, no pasa nada por hacer más ligeras las comidas de alrededor, beber más agua y moverse un poco más, sin dramatismos ni penitencias. El equilibrio no se juega en una comida, sino en el conjunto de la semana.
La idea con la que quedarse es sencilla: comer fuera en verano es uno de los placeres de la temporada, y renunciar a él por miedo a descontrolarse sería perderse parte de lo bueno. Con criterio al elegir, moderación con el alcohol, atención a la saciedad y algo de equilibrio entre unos días y otros, se puede disfrutar de las terrazas y los chiringuitos sin culpa ni excesos que pasen factura. No se trata de vigilar cada bocado en vacaciones, sino de no perder del todo el sentido común. Comer es también disfrutar, y el verano está para saborearlo con la tranquilidad de quien sabe encontrar el equilibrio sin renunciar a pasarlo bien.