Estrés térmico: cuando las temperaturas extremas ponen en riesgo la salud mucho más allá del golpe de calor

María Robert

Más allá de pautas individuales, como beber agua de forma continuada, evitar bebidas alcohólicas y azucaradas, priorizar comidas ligeras o ventilar de noche y de madrugada, la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) advierte de que las olas de calor ya son una emergencia de salud pública que exige otras medias a gran escala 

28/07/2026

Récords de temperaturas, calor extremo y las consecuencias del cambio climático encienden las alarmas cada verano. Y es que las olas de calor han dejado de ser episodios excepcionales durante la época estival para convertirse en una amenaza creciente para la salud pública. Así lo advierte la Sociedad Española de ...

Récords de temperaturas, calor extremo y las consecuencias del cambio climático encienden las alarmas cada verano. Y es que las olas de calor han dejado de ser episodios excepcionales durante la época estival para convertirse en una amenaza creciente para la salud pública. Así lo advierte la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) en un posicionamiento llevado a cabo por su Grupo de Trabajo de Epidemiología Ambiental, donde recuerda que los efectos de las altas temperaturas van mucho más allá del temido golpe de calor.

El calor extremo aumenta las muertes prematuras, agrava enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas, incrementa los ingresos hospitalarios en los días posteriores a los picos de temperatura y añade presión a unos servicios sanitarios ya tensionados durante este periodo.

De hecho, en España, la herramienta MACE (Mortalidad Atribuible al Calor en España) ha estimado 1.267 muertes atribuibles al calor extremo en el mes de junio y 411 en lo que llevamos de julio, sin contabilizar las muertes asociadas al calor moderado. En Europa, un análisis de la red científica World Weather Attribution en 854 ciudades concluye que la ola de calor vivida estas semanas habría sido prácticamente imposible sin el cambio climático.

¿Qué ocurre en el cuerpo cuando hace tanto calor? El problema no termina cuando se pone el sol

El impacto del calor sobre el organismo se produce cuando fallan los mecanismos naturales de regulación térmica. El cuerpo intenta enfriarse mediante la sudoración y el aumento del flujo de sangre hacia la piel, pero este sistema puede verse superado cuando la temperatura es muy elevada, la exposición se prolonga, hay mucha humedad, la persona está deshidratada o presenta condiciones que dificultan la termorregulación. Este fenómeno, conocido como estrés térmico, puede desencadenar consecuencias graves para la salud.

Además, el riesgo no depende solo de las temperaturas máximas durante el día. Dormir mal porque el termómetro no baja de los 28 grados, levantarse agotado y notar que incluso las tareas cotidianas requieren más esfuerzo son situaciones cada vez más habituales durante el verano. "Las noches tórridas hacen que el cuerpo no tenga margen para recuperarse", empeorando la calidad del sueño, generando un "estrés acumulativo", apuntan desde la sociedad científica.

Cabe recalcar también que no todos los grupos de población se ven afectados por igual. Las personas mayores, bebés, embarazadas y personas con enfermedades crónicas se encuentran entre los colectivos más vulnerables. Asimismo, pueden verse especialmente afectadas las personas con trastornos mentales, por sus mayores dificultades para adaptarse a las altas temperaturas. A esta vulnerabilidad se suma la desigualdad socioambiental: quienes trabajan al aire libre, viven en viviendas mal aisladas, no disponen de aire acondicionado o residen en barrios con poca vegetación sufren de forma más intensa los efectos del calor.

Más árboles, menos calor: el poder de los espacios verdes en las ciudades

Las soluciones a los efectos del cambio climático se dividen en dos enfoques principales: la mitigación (reducir las emisiones de gases de efecto invernadero) y la adaptación (prepararnos para los impactos inevitables). Transición energética, transporte y movilidad sostenible, conservación y economía circular… Y vegetación: mucha vegetación.

Las plantas absorben la radiación solar y liberan vapor de agua, actuando como un "aire acondicionado natural". Además, evitan que el hormigón y el asfalto absorban el calor, enfriando la superficie.

En este sentido, una investigación reciente liderada por Mohammad A. Rahman de la Universidad de Melbourne y publicada en el libro Urban Sustainability de Springer Nature, concluye que la combinación adecuada de árboles y vegetación puede enfriar las ciudades hasta 18°C. De hecho, mediciones de campo en Melbourne, Múnich y Hong Kong mostraron que los árboles pueden reducir la carga térmica que sienten los peatones, pero también una forestación mal diseñada puede aumentar la incomodidad.

Así las cosas, la prevención no depende únicamente de las medidas individuales. Beber agua de forma continuada, evitar bebidas alcohólicas y azucaradas, priorizar comidas ligeras con alto contenido en agua, mantener persianas bajadas durante las horas de radiación directa, ventilar de noche y de madrugada o evitar la actividad física en las horas de más calor son hábitos que deben normalizarse en esta época del año. Pero estos gestos de prevención deben ir acompañados de políticas públicas ambiciosas.

Desde la sociedad científica recalcan que la prevención real pasa por actuar sobre las condiciones que aumentan la exposición al calor. La SEE propone reforzar los sistemas de alerta temprana, habilitar refugios climáticos en espacios públicos climatizados como bibliotecas o centros cívicos, adaptar los horarios laborales y prohibir determinadas tareas al aire libre durante las horas de mayor riesgo térmico en periodos de alerta.

La adaptación urbana es otro de los ejes clave. Las ciudades densamente urbanizadas son especialmente vulnerables al llamado efecto "isla de calor": el asfalto, el cemento y los edificios absorben radiación solar durante el día y liberan lentamente ese calor por la noche, elevando la temperatura urbana respecto a zonas rurales cercanas. Para reducir este efecto, la sociedad científica defiende aumentar la masa forestal urbana, ampliar los espacios verdes, instalar pavimentos permeables y techos verdes, y avanzar hacia modelos de ciudad más saludables y resilientes.

Aprender a reconocer las señales

En definitiva, aunque las soluciones estructurales serán fundamentales para reducir el impacto del cambio climático, también es importante aprender a reconocer las señales que envía el organismo. El golpe de calor es la consecuencia más grave de una exposición prolongada a las altas temperaturas, pero el cuerpo suele avisar antes de llegar a tal extremo. Fatiga inusual, dolor de cabeza, mareos, debilidad, calambres o dificultad para concentrarse pueden indicar que el cuerpo está teniendo dificultades para regular su temperatura. Reconocer estos síntomas y actuar a tiempo (deteniendo la actividad, buscando un lugar fresco e hidratándose) puede evitar complicaciones mayores.

Con los veranos cada vez más cálidos, aprender a identificar estos signos de alerta será tan necesario como usar protección solar o mantenerse hidratado. Incorporar pequeños cambios en la rutina diaria y escuchar las necesidades del organismo permitirá disfrutar del verano con mayor seguridad, especialmente durante los episodios de calor extremo. Aunque esta realidad trascienda las decisiones individuales y exija respuestas colectivas.



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