Lo preocupante es que, antes de llegar a ese punto, el organismo suele enviar señales de alarma. Aprender a identificarlas puede marcar la diferencia entre recuperarse con unas sencillas medidas o necesitar atención sanitaria urgente.El cuerpo avisaNuestro organismo mantiene una temperatura cercana a los 37 grados gracias, entre otros mecanismos, ...
Lo preocupante es que, antes de llegar a ese punto, el organismo suele enviar señales de alarma. Aprender a identificarlas puede marcar la diferencia entre recuperarse con unas sencillas medidas o necesitar atención sanitaria urgente.
Nuestro organismo mantiene una temperatura cercana a los 37 grados gracias, entre otros mecanismos, a la sudoración. Cuando el calor ambiental es extremo, la humedad es elevada o realizamos un esfuerzo físico intenso, ese sistema puede dejar de funcionar correctamente.
Antes de que aparezca un golpe de calor suelen presentarse síntomas como un cansancio inusual, sensación de debilidad, dolor de cabeza, mareo o náuseas. También es frecuente notar calambres musculares, una sed intensa y una sensación de agotamiento que no mejora con el descanso.
Muchas personas restan importancia a estas señales y continúan con su actividad, especialmente durante las vacaciones, una excursión o una jornada de playa. Sin embargo, ignorarlas puede hacer que el cuadro evolucione rápidamente.
El golpe de calor se produce cuando la temperatura corporal aumenta de forma peligrosa y el organismo ya no consigue enfriarse. En ese momento aparecen síntomas mucho más graves.
La piel puede estar muy caliente y enrojecida; aunque tradicionalmente se asociaba a la ausencia de sudor, no siempre ocurre así, especialmente si el golpe de calor está relacionado con el ejercicio físico. También pueden aparecer confusión, dificultad para hablar, comportamiento extraño, desorientación, vómitos, pérdida de equilibrio e incluso pérdida de conciencia.
Ante cualquiera de estos síntomas es fundamental llamar a los servicios de emergencia. Mientras llega la ayuda, la persona debe trasladarse a un lugar fresco, retirar el exceso de ropa y comenzar a enfriar el cuerpo con paños húmedos, agua fresca o ventilación. Si está inconsciente o presenta alteraciones importantes del nivel de conciencia, no debe ofrecerse agua para beber.
Aunque cualquier persona puede sufrir un golpe de calor, existen grupos especialmente vulnerables.
Los mayores de 65 años, los bebés y niños pequeños, las personas con enfermedades cardiovasculares o respiratorias y quienes toman determinados medicamentos presentan una menor capacidad para adaptarse a las altas temperaturas.
También deben extremar las precauciones quienes practican deporte al aire libre, trabajan bajo el sol o pasan muchas horas en espacios poco ventilados.
La mejor estrategia sigue siendo la prevención. Beber agua de forma regular, aunque no se tenga sed, vestir ropa ligera y transpirable, evitar la exposición al sol en las horas centrales del día y buscar lugares frescos son medidas sencillas pero eficaces.
Conviene, además, reducir la actividad física intensa durante los momentos de mayor calor y no permanecer nunca dentro de un vehículo estacionado, donde la temperatura puede elevarse en pocos minutos hasta niveles peligrosos.
En verano tendemos a normalizar el cansancio, el mareo o el dolor de cabeza porque los atribuimos al calor. Sin embargo, nuestro organismo rara vez envía señales sin motivo.
Detenerse, hidratarse y buscar sombra cuando aparecen los primeros síntomas puede evitar que un episodio de agotamiento por calor se convierta en una urgencia médica. Porque disfrutar del verano también significa aprender a reconocer cuándo el cuerpo nos está pidiendo ayuda.