La tendencia a dar vueltas de forma repetitiva a pensamientos, preocupaciones o decisiones, incluso cuando hacerlo ya no ayuda a resolver el problema. Todos hemos experimentado alguna vez esta sensación, que en los últimos años se ha popularizado bajo un término muy concreto: el "overthinking". Pero, ¿estamos ante un problema ...
La tendencia a dar vueltas de forma repetitiva a pensamientos, preocupaciones o decisiones, incluso cuando hacerlo ya no ayuda a resolver el problema. Todos hemos experimentado alguna vez esta sensación, que en los últimos años se ha popularizado bajo un término muy concreto: el "overthinking". Pero, ¿estamos ante un problema nuevo o simplemente hemos puesto nombre a una forma de pensar que siempre ha existido? Verónica Olmo, miembro del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN) y colaboradora de Schwabe, aclara a EsVivir que no es un fenómeno reciente, "sino una forma más accesible de nombrar una experiencia que la psicología lleva décadas investigando". Aunque no constituye un diagnóstico clínico, agrega, "engloba procesos como la rumiación y la preocupación excesiva, ampliamente estudiados y que pueden afectar al bienestar emocional cuando se mantienen en el tiempo".
El ritmo de vida actual, marcado por la hiperconectividad y la exposición constante a estímulos, favorece que muchas personas tengan dificultades para "apagar la mente". Incluso cuando desaparecen las obligaciones laborales. Esto ocurre, según la experta, porque el cerebro no pasa de un estado de alta exigencia a otro de relajación de forma inmediata. "Después de semanas o meses de estrés, el organismo puede permanecer activado incluso cuando desaparecen los factores estresantes. Además, las notificaciones o la anticipación constante de tareas futuras dificultan la desconexión mental, por lo que los primeros días de vacaciones no siempre se perciben como un verdadero descanso", expone.
El cerebro necesita tiempo para bajar el ritmo
En otras palabras, después de meses sometidos a un ritmo elevado de trabajo, notificaciones y estímulos constantes, en cierto modo el cerebro necesita un tiempo de adaptación para aprender a descansar. "Tras un periodo prolongado de estrés, es habitual que la sensación de alerta no desaparezca de forma inmediata al comenzar las vacaciones. Por eso muchas personas no experimentan una auténtica sensación de descanso hasta varios días después de comenzar las vacaciones", cuenta Verónica Olmo.
Si, además, durante ese periodo aparece ansiedad leve relacionada con ese estrés acumulado, puede ser útil valorar estrategias dirigidas a aliviar estos síntomas, "como fármacos como Lasea, que trata síntomas transitorios de ansiedad como la preocupación difícil de controlar, intranquilidad, tensión o alteraciones del sueño sin contraindicaciones", apunta la miembro del Grupo de Trabajo de Salud Mental de SEMERGEN.
Las redes sociales y el FOMO agravan la sensación
A este escenario se añade el papel de las redes sociales y cómo contribuyen a la sensación de que siempre deberíamos estar haciendo algo o aprovechando mejor las vacaciones. De hecho, como recuerda la especialista, "nos exponen continuamente a las experiencias de otras personas, lo que puede llevarnos a compararnos y a sentir que siempre hay un plan mejor o que no estamos aprovechando lo suficiente nuestro tiempo libre".
Este "miedo a perderse algo", que hoy se conoce popularmente como FOMO, se relaciona con un mayor malestar emocional y con una mayor dificultad para disfrutar del momento presente. "En vacaciones, esta presión puede hacer que el descanso deje de vivirse como un espacio de recuperación y convertirse en una obligación por hacer más, viajar más o compartir más experiencias", subraya la doctora.
Asimismo, existe una "presión por descansar bien". "Muchas personas llegan a las vacaciones con la expectativa de que unos pocos días compensen todo el cansancio acumulado durante el año", indica Olmo. Sin embargo, cuando el descanso no responde a esas expectativas, puede aparecer frustración o la sensación de no haber aprovechado suficientemente ese tiempo. "Paradójicamente, convertir el descanso en una obligación también puede generar estrés", apostilla. Como recuerda la doctora, es importante destacar que descansar no significa llenar la agenda de actividades, "sino permitir que el organismo reduzca progresivamente su nivel de activación y así favorecer una auténtica desconexión psicológica".
¿Cómo saber si realmente estamos desconectando? De acuerdo a la experta, las señales suelen ser bastante claras. Cuando aparecen conductas como revisar compulsivamente el correo, o nos encontramos pensando de forma constante en el trabajo, son señales de que no estamos logrando desconectar completamente. "Esta situación suele provocar dificultad para relajarse, preocupación persistente, irritabilidad y tensión incluso en momentos de ocio", apunta Verónica Olmo. "También pueden aparecer dificultades para conciliar el sueño o mantener un descanso reparador, ya que la actividad mental excesiva puede interferir directamente en la calidad del sueño", agrega.
Además, la especialista insiste en la "diferencia fundamental" entre la desconexión física y psicológica. "Podemos estar lejos de la oficina o del lugar de trabajo y, sin embargo, seguir mentalmente conectados a través de preocupaciones, planificación de tareas o revisando mensajes y correos electrónicos. La desconexión psicológica consiste en dejar de pensar temporalmente en las obligaciones laborales". A su juicio, esto constituye uno de los principales factores que favorecen la recuperación del estrés y ayudan a prevenir el agotamiento.
Cómo favorecer una desconexión mental real
Para favorecer esa desconexión, la doctora recomienda limitar el uso de dispositivos relacionados con el trabajo, evitar consultar constantemente el correo y mantener hábitos de sueño saludables. También ayuda reservar tiempo para otras actividades sin convertirlas en una obligación, reducir la autoexigencia y centrarse en el momento presente, ya que esto puede disminuir la rumiación y favorecer una recuperación más efectiva.
Y para alguien que termina las vacaciones con la sensación de no haber descansado, Olmo aconseja que "lo primero sería normalizar esa sensación y evitar interpretarla como un fracaso, pues si el estrés acumulado era muy elevado, es posible que unos días de vacaciones no sean suficientes".
Además de incorporar pequeñas pausas de descanso a lo largo del año, cuidar la calidad del sueño y establecer límites saludables con la tecnología. Si, aparte del estrés, aparece ansiedad leve, existen opciones para ayudar a aliviar estos síntomas. Y si la sensación de agotamiento persiste o interfiere de forma significativa con la vida cotidiana, conviene consultar con un profesional sanitario.
Por último, hace hincapié en que las vacaciones no tienen que ser perfectas para ser beneficiosas. "El verdadero descanso depende tanto de desconectar mentalmente y reducir la autoexigencia como del destino o la duración del viaje. Recuperar espacios de calma, aunque sean breves, puede marcar una gran diferencia en nuestro bienestar y ayudarnos a afrontar el resto del año con más equilibrio", concluye.