En este contexto, enseñar el cuerpo puede dejar de ser un gesto cotidiano y convertirse en una fuente de tensión. La persona no solo piensa en cómo se ve, sino en cómo cree que será observada, fotografiada o comparada. Esa anticipación puede activar vergüenza, inseguridad y una necesidad de control ...
En este contexto, enseñar el cuerpo puede dejar de ser un gesto cotidiano y convertirse en una fuente de tensión. La persona no solo piensa en cómo se ve, sino en cómo cree que será observada, fotografiada o comparada. Esa anticipación puede activar vergüenza, inseguridad y una necesidad de control que acaba condicionando la ropa que elige, los planes que acepta o incluso la decisión de acudir a determinados espacios.
Esta relación con la imagen corporal se vuelve más rígida cuando el valor personal depende de acercarse a una versión supuestamente perfecta del cuerpo. Trabajar el bienestar emocional implica ampliar la autoestima más allá de la apariencia física, reconocer las propias capacidades y construir una mirada menos punitiva hacia los cambios normales del cuerpo. La aceptación corporal no exige gustarse en todo momento, pero sí permite dejar de tratar el cuerpo como un motivo constante de evaluación.
El problema se agrava cuando la necesidad de modificar la apariencia se aborda desde dietas restrictivas o cambios bruscos de hábitos con el único objetivo de adelgazar modificar el peso o la apariencia antes del verano. Reducir de forma drástica la ingesta, eliminar grupos de alimentos sin criterio profesional o compensar cada comida con ejercicio puede generar una sensación inicial de control. Sin embargo, a medio plazo suele aumentar la ansiedad, la culpa al comer y la vigilancia constante sobre el cuerpo.
Ante esta situación, los psicólogos de Blua de Sanitas han elaborado un listado con una serie de recomendaciones:
Revisar qué referentes se están consumiendo. Seguir cuentas centradas de forma constante en cuerpos, dietas o cambios físicos puede aumentar la comparación. Conviene incorporar contenidos que no reduzcan el valor personal a la apariencia.
Diferenciar salud de urgencia estética. Cuidar la alimentación, moverse y descansar son hábitos de salud. Utilizarlos como castigo para modificar el cuerpo en pocas semanas puede aumentar el malestar psicológico.
Reducir las comprobaciones corporales. Mirarse de forma repetida, probarse ropa muchas veces o buscar defectos antes de salir suele incrementar la inseguridad. Prepararse con una rutina sencilla ayuda a cortar ese ciclo.
Evitar conversaciones centradas en peso o talla. Comentarios sobre cuerpos propios o ajenos, aunque parezcan inofensivos, refuerzan la idea de que la apariencia está siempre bajo evaluación.
Recuperar el sentido del plan. Ir a la playa o a la piscina no debería girar solo en torno al cuerpo. Centrar la atención en la compañía, el descanso o la actividad ayuda a reducir la vigilancia sobre la imagen.
Pedir ayuda si la evitación aumenta. Cuando la vergüenza impide hacer planes, altera la alimentación o afecta al estado de ánimo, conviene consultar con un profesional, ya sea de manera presencial o a través de videoconsulta.