El verano está hecho para romper rutinas y horarios. Y eso también incluye la hora de sentarnos a la mesa. El desayuno se retrasa, la comida puede alargarse hasta media tarde y tampoco hay prisa cuando se trata de cenar, y entre medias cae un picoteo o un helado. Paradójicamente, ...
El verano está hecho para romper rutinas y horarios. Y eso también incluye la hora de sentarnos a la mesa. El desayuno se retrasa, la comida puede alargarse hasta media tarde y tampoco hay prisa cuando se trata de cenar, y entre medias cae un picoteo o un helado. Paradójicamente, el apetito puede disminuir por el calor, lo que puede hacer que algunas personas retrasen las comidas o reduzcan la cantidad que comen. El resultado es un patrón alimentario muy diferente al habitual que, aunque forma parte de la flexibilidad propia de las vacaciones, puede terminar pasando factura al aparato digestivo si se mantiene durante demasiado tiempo.
"En verano, la alimentación suele alejarse de las pautas equilibradas del resto del año. Mantener de forma continuada comidas copiosas fuera de casa, junto con un mayor consumo de alcohol, azúcares y grasas, somete al sistema digestivo a un esfuerzo extra, puede alterar el equilibrio de las bacterias beneficiosas del intestino y favorecer la aparición de molestias gastrointestinales recurrentes", advierte Ana I. Ortiz Gutiérrez, gerente del Área de Salud de Farmasierra.
En ningún caso se trata de demonizar una cerveza frente al mar o acostumbrarse a cambiar la fruta por un refrescante helado como postre. El riesgo viene cuando lo puntual se convierte en rutina.
Cuando el calor también cambia el apetito
A ello se suma otra variable propia únicamente de la época estival: las altas temperaturas. El calor puede contribuir a que disminuya espontáneamente el apetito y la ingesta energética en algunas personas. Es fácil, por tanto, que el desayuno se reduzca a un café, que la comida se retrase porque no apetece sentarse a la mesa o que se llegue a la noche con más hambre después de haber comido muy poco durante el día.
En este sentido, Enrique Rey, gastroenterólogo del Hospital Clínico y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, recuerda que el bienestar digestivo no depende únicamente de cuánto comemos, sino también de cómo y cuándo lo hacemos. "Durante las vacaciones es habitual alterar los horarios de las comidas, saltarse alguna ingesta o concentrar una mayor cantidad de alimentos en determinados momentos del día. Aunque estas conductas suelen percibirse como algo puntual e inofensivo, en algunas personas pueden favorecer la aparición de molestias digestivas como sensación de plenitud, hinchazón abdominal o digestiones pesadas".
Entre los trastornos digestivos más frecuentes se encuentra la dispepsia funcional, que puede manifestarse mediante sensación de plenitud después de comer, saciedad precoz, dolor o ardor en la parte alta del abdomen. En estos casos, los cambios bruscos en los horarios y los patrones alimentarios pueden contribuir a empeorar unas molestias que ya estaban presentes.
Después de los excesos llega la compensación
Todos esos patrones pueden convertirse en un círculo vicioso cuando entra en escena la tan familiar necesidad de compensar. Ya ni siquiera esperamos a septiembre para "hacer borrón y cuenta nueva". En plenas vacaciones, después de una comida copiosa, de una noche de cenas, copas y picoteo o de varios días comiendo más de lo habitual, algunas personas sienten que necesitan "dar un descanso al estómago". La estrategia puede consistir en retrasar el desayuno, saltarse una comida o prolongar deliberadamente las horas sin ingerir alimentos.
La popularidad del ayuno intermitente ha contribuido a extender esta idea. Los productos y alimentos detox y las distintas fórmulas de ayuno se han consolidado como tendencias relacionadas con la búsqueda de bienestar, también durante las vacaciones. Sin embargo, que una persona decida pasar más horas sin comer no significa necesariamente que su aparato digestivo esté descansando.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2023 no encontró ventajas claras del ayuno intermitente frente a otras estrategias dietéticas a la hora de reducir el hambre o aumentar la sensación de saciedad. Por eso, conviene evitar entrar en una dinámica de "exceso-restricción": comer de manera desordenada durante varios días para después intentar compensarlo dejando de comer. Para el aparato digestivo puede resultar más útil recuperar progresivamente una pauta regular.
Ni atracones ni ayunos: volver al equilibrio
La alternativa no consiste en renunciar a los placeres gastronómicos del verano. Tampoco en seguir una dieta estricta mientras el resto de la familia disfruta de las vacaciones. La clave está en encontrar un punto intermedio que permita cierta flexibilidad sin convertir el desorden en la norma.
Después de una comida copiosa, por ejemplo, la doctora Ortiz propone aligerar la siguiente ingesta, pero no dejar de comer. Es decir, recomienda optar por un plato más ligero basado en verduras frescas y proteínas magras, en lugar de saltarse esa comida por completo. Del mismo modo, mantener unos horarios relativamente regulares, aunque sean más flexibles que durante el resto del año, puede ayudar a evitar que las comidas terminen concentrándose en pocas ingestas.
La hidratación también merece una atención especial. Durante los meses de calor aumenta la necesidad de líquidos y el agua debería ser la principal opción. Refrescos azucarados, bebidas con gas y alcohol pueden formar parte puntualmente del ocio veraniego, pero conviene evitar que sustituyan al agua y moderar su consumo cuando existen molestias digestivas.
También se recomienda evitar los contrastes térmicos bruscos. Tomar rápidamente grandes cantidades de bebidas o alimentos muy fríos puede provocar molestias o sensación de pesadez en algunas personas. Por tanto, no hace falta renunciar a los placeres, pero sí tomarlos con calma.
Cuando las molestias dejan de ser algo puntual
Cabe destacar, por último, que el hecho de que el verano altere temporalmente nuestra digestión no significa que haya un problema de salud. Es normal que una comida más abundante produzca cierta pesadez o que, después de varios días de cambios en los horarios, el organismo necesite volver a su ritmo habitual.
Ahora bien, cuando las molestias se repiten con frecuencia, afectan al día a día o aparecen independientemente de las comidas puntuales, conviene no limitarse a intentar aliviar el síntoma de manera ocasional y consultar con un profesional sanitario.
En este contexto, existen diferentes opciones dirigidas a aliviar los síntomas asociados a determinados trastornos digestivos funcionales. Entre ellas se encuentra la combinación patentada de aceite de menta y aceite de alcaravea (Menthacarin), cuyos estudios han mostrado beneficios sobre molestias como la sensación de plenitud, la flatulencia, la hinchazón y el dolor abdominal.
Como resume Rey "la mayoría de las veces no hablamos de enfermedades graves, sino de alteraciones funcionales que pueden afectar de forma importante a la calidad de vida. Mantener cierta regularidad en los horarios y prestar atención a las señales del propio organismo puede ayudar a prevenir o minimizar este tipo de molestias".
Al fin y al cabo, disfrutar del verano no exige comer exactamente igual que durante el resto del año. Podemos cenar más tarde, improvisar una comida, tomar un helado o brindar en una terraza. La cuestión está en que la flexibilidad no se convierta en caos ni que un exceso puntual nos lleve después a una restricción extrema. Incluso el aparato digestivo agradece unas vacaciones con cierta rutina.