Hay algo que cambia cuando estamos de vacaciones. Bajamos el ritmo, dejamos de mirar constantemente el reloj y recuperamos espacios para simplemente estar. Pasear, viajar, conversar sin prisa, hacer deporte, descubrir una exposición, jugar con los niños o compartir una comida pueden devolvernos una sensación de conexión que durante el ...
Hay algo que cambia cuando estamos de vacaciones. Bajamos el ritmo, dejamos de mirar constantemente el reloj y recuperamos espacios para simplemente estar. Pasear, viajar, conversar sin prisa, hacer deporte, descubrir una exposición, jugar con los niños o compartir una comida pueden devolvernos una sensación de conexión que durante el año queda muchas veces relegada.
Según explica Iosune Fernández, psicoterapeuta de pareja y familia acreditada por la FEATF y actual secretaria de la Asociación de Terapeutas de Familia Expertos en Intervenciones Sistémicas de Cantabria (ASTEFAMCAN), cuando disfrutamos de unas vacaciones reparadoras, nuestro cerebro reduce su estado de alerta y se vuelve más receptivo a los estímulos agradables. Es como si entráramos de manera natural en una especie de mindfulness: prestamos más atención a lo que olemos, escuchamos, vemos y sentimos.
El problema llega cuando toca volver. La rutina exige horarios, rendimiento, responsabilidades laborales y escolares, tareas domésticas, actividades y conciliación. Y ese cambio puede activar de nuevo nuestro sistema de alerta. La dopamina nos ayuda a recuperar la motivación y establecer hábitos; la noradrenalina aumenta nuestra atención ante las nuevas tareas y el cortisol participa en la respuesta de adaptación al estrés.
Nada de esto es necesariamente negativo. El cerebro, recuerda Fernández, tiene precisamente la capacidad de generar los neurotransmisores adecuados para cada momento. La dificultad aparece cuando ese estado de activación no disminuye y la adaptación no llega.
Sentirse algo más cansado, perezoso o irritable durante los primeros días puede formar parte del proceso. Lo que merece nuestra atención es que el malestar se mantenga.
"Si pasadas unas semanas no logramos adaptarnos a esta vuelta, si no encontramos ninguna motivación en nuestra tarea rutinaria o en el curso que afrontamos y lo percibimos todo de forma negativa", advierte la psicoterapeuta, podemos estar ante algo más que el conocido síndrome postvacacional: un cuadro de estrés que necesita atención y cuidado.
La clave, por tanto, no está en exigirnos volver a funcionar al cien por cien desde el primer día, sino en permitir que nuestro cerebro y nuestro entorno se adapten progresivamente.
Para Fernández, todo empieza incluso antes de regresar: unas buenas vacaciones también son una forma de prepararnos para el siguiente curso. La especialista compara la vuelta a la rutina con despertarse después de una noche de sueño reparador. Necesitamos unos minutos para desperezarnos, movernos y recuperar la agilidad. Ese pequeño periodo de transición es incómodo, pero forma parte del despertar.
Si, en cambio, hemos pasado la noche en vela, no necesitamos "despertarnos", porque ya estábamos despiertos. Pero afrontaremos el día con mucha menos energía y capacidad para resolver dificultades. Por eso recomienda planificar vacaciones que tengan en cuenta los gustos y necesidades de todos los miembros de la familia. No siempre es sencillo, pero el diálogo y la creatividad pueden hacer posible que cada persona encuentre sus propios espacios de descanso y disfrute.
Y hay otro detalle importante: dejar pequeños puentes entre las vacaciones y la rutina. No todo tiene que volver a ser rígido de golpe. Un paseo por la naturaleza entre semana, tomar un helado con los niños, ver una película con pizza con los adolescentes, ir a una exposición o improvisar un pequeño plan familiar pueden convertirse en una manera de hacer más amable la transición.
Lejos de perjudicar necesariamente la adquisición de hábitos, explica Fernández, estos pequeños momentos de ocio pueden ayudar a evitar que el cambio sea demasiado brusco, especialmente para los más pequeños.
Septiembre suele llegar cargado de expectativas. Queremos organizar horarios, recuperar hábitos, conciliar, rendir, cumplir objetivos y empezar con buen pie. Pero antes de lanzarnos a la carrera, quizá convenga sentarnos a hablar.
La recomendación de Fernández es crear un espacio familiar para poner palabras a los cambios que implica regresar a la rutina. Y hacerlo con detalle. ¿Qué nos ilusiona? ¿Qué nos preocupa? ¿Qué personas tenemos ganas de volver a ver? ¿Qué retos nos apetecen y cuáles nos cuestan más?
No se trata de encontrar soluciones inmediatamente. Se trata, primero, de escuchar. Esto es especialmente importante para los niños y adolescentes. Después de semanas compartiendo tiempo y actividades con sus padres, pueden experimentar una sensación de soledad cuando cada miembro de la familia vuelve a sus obligaciones. Incluso pueden interpretar el cambio de humor de los adultos como algo relacionado con ellos.
Una frase tan sencilla como explicar que "estamos más nerviosos porque volvemos al trabajo" puede ayudarles a comprender que ese cambio de ánimo no tiene que ver con ellos. Y hay algo todavía más valioso: enseñarles, con el ejemplo, que en esta familia se puede hablar de lo que nos pasa.
Hablar en familia no significa convertir cada conversación en una sesión de consejos. Fernández insiste en la importancia de validar las emociones, no restar importancia a los miedos, evitar las comparaciones y no aconsejar salvo que la otra persona lo pida.
Preguntas sencillas pueden abrir conversaciones muy profundas:
Una buena estrategia es que los propios padres empiecen compartiendo sus emociones. Así muestran que hablar de las dificultades no es una señal de debilidad, sino una forma de cuidarse.
Con los adolescentes puede ser necesario empezar de una manera más íntima, hablando primero con uno de los progenitores y, cuando se sientan preparados, trasladando esa conversación al conjunto familiar.
Quizá una de las ideas más bonitas que plantea Fernández sea entender la familia como un puerto fiable y seguro: un lugar donde cada miembro pueda ser escuchado, entendido, apoyado y protegido.
Ese espacio no debería existir únicamente cuando hay un problema. También se construye compartiendo las buenas noticias, las ilusiones, los logros y los pequeños momentos de felicidad.
Por eso propone recuperar durante el curso algunos rituales que mantengan vivo el recuerdo positivo de las vacaciones. Ver juntos las fotografías del viaje, organizar una cena temática inspirada en una experiencia especial, volver a la piscina para recordar los días de playa, contemplar las estrellas o visitar en familia una exposición pueden ser mucho más que simples planes de ocio.
Compartir buenos momentos fortalece los lazos emocionales de confianza y seguridad. Y quizá ahí esté una de las claves para regresar: no intentar dejar las vacaciones completamente atrás, sino incorporar parte de aquello que nos hizo bien a nuestra vida cotidiana.
La vuelta a la rutina no tiene por qué significar volver a vivir deprisa. Podemos recuperar horarios y responsabilidades sin renunciar por completo a la conexión, al juego, a la conversación o al disfrute.
Para Iosune Fernández, el papel de la familia durante este periodo pasa por tres grandes pilares: respetar el proceso de cambio, crear un lugar seguro donde compartir emociones y mantener durante el curso momentos agradables de encuentro.