Septiembre, ¿el nuevo enero? Cómo aprovechar la vuelta a la rutina para hacer un "fresh start"

María Robert

La "vuelta al cole" puede ser una buena oportunidad para un nuevo comienzo; un punto de partida que te ayude a retomar, mantener o empezar buenos hábitos. No es necesario esperar al año nuevo para establecer nuevos objetivos, pero es importante que sean realistas 

01/09/2026

El 1 de septiembre marca para la amplia mayoría de los mortales la "vuelta al cole". Después de semanas de ausencia casi total de horarios, el fin de las vacaciones trae consigo la reincorporación al trabajo y, por consiguiente, recuperar las rutinas que durante la época estival habían quedado aparcadas. ...

El 1 de septiembre marca para la amplia mayoría de los mortales la "vuelta al cole". Después de semanas de ausencia casi total de horarios, el fin de las vacaciones trae consigo la reincorporación al trabajo y, por consiguiente, recuperar las rutinas que durante la época estival habían quedado aparcadas. Y, aunque tradicionalmente asociamos los nuevos comienzos al mes de enero, quizá podamos aprovechar este momento del año para hacer balance y plantearnos algunos cambios más allá del recurrente propósito de retomar la vida sana.

De hecho, el comienzo de septiembre puede ser un buen punto de partida para revisar cómo estamos viviendo nuestro día a día y decidir qué queremos mantener, qué necesitamos cambiar y qué nos gustaría incorporar. No es necesario esperar a 2027 para proponerse nuevos objetivos.

Frente a los tradicionales propósitos de Año Nuevo, cada vez se habla más de los "fresh starts" o nuevos comienzos asociados a determinadas fechas. El inicio de un curso, un cumpleaños o incluso un cambio de estación pueden funcionar como catalizador para poner cierta distancia con los meses anteriores y empezar una nueva etapa. Ya sea un cumpleaños, el nuevo curso o un lunes por la mañana, los psicólogos afirman que estos momentos pueden motivarnos más a cambiar nuestro comportamiento y aumentar la probabilidad de que persigamos nuestros objetivos.

Y septiembre añade, además, una ventaja: llega después de un periodo en el que muchas de nuestras rutinas se han alterado. El regreso puede servir justamente para decidir cuáles queremos recuperar y cuáles ya no nos funcionan.

No hace falta empezar de cero

Ahora bien, el problema de los propósitos no es establecerlos, sino cumplirlos. Esa es la auténtica dificultad. A menudo nos ponemos como meta grandes cambios, objetivos ambiciosos y nos echamos encima una enorme presión por transformarnos de la noche a la mañana en una versión más organizada, saludable y productiva de nosotros mismos. Nada de eso es sostenible.

Por eso septiembre no tiene por qué (ni debe) convertirse en una segunda oportunidad para empezar una dieta estricta, apuntarse al gimnasio, madrugar, leer un libro a la semana y aprender un idioma al mismo tiempo.

Resetear no significa borrar todo lo anterior, sino revisar qué queremos conservar de los meses de verano y qué hábitos necesitamos recuperar ahora que las circunstancias han cambiado.

Por ejemplo, quizá durante las vacaciones hemos descubierto que dormir algo más mejora nuestro estado de ánimo, que pasar tiempo al aire libre nos ayuda a desconectar o que comer sin mirar constantemente el reloj nos resulta agradable. La rutina limita el tiempo que podemos dedicarle a esos pequeños placeres conscientes, pero tampoco tienen que desaparecer porque el reloj vuelva a marcar los tiempos.

Una buena pregunta: ¿qué quiero que sea diferente?

Antes de llenar septiembre de objetivos, puede ser más útil empezar por una pregunta sencilla: ¿qué me gustaría que fuese diferente dentro de unos meses?

La respuesta puede tener que ver con la salud, pero también con el tiempo libre, las relaciones personales, el trabajo o simplemente con la manera en la que organizamos nuestro día.

A partir de ahí, la clave es plantearse unos pocos cambios. Si la lista incluye diez ideas, es fácil que termine convirtiéndose en otra fuente de presión. En cambio, elegir dos o tres prioridades permite concentrar los esfuerzos y comprobar si realmente encajan en nuestra vida cotidiana.

Asimismo, ayuda a convertir los objetivos generales en acciones concretas. "Quiero cuidarme más" es una intención difícil de medir; reservar dos tardes a la semana para hacer ejercicio, recuperar una hora estable para acostarse o volver a cocinar en casa varios días por semana son decisiones mucho más fáciles de incorporar a la rutina.

Recuperar horarios sin perder toda la flexibilidad

Uno de los cambios más evidentes con la vuelta a la rutina afecta precisamente a los horarios; eso es una obviedad. Después de semanas en las que levantarse, comer o acostarse podía depender de los planes del día, el organismo necesita volver progresivamente a unos ritmos más regulares.

Sin embargo, en la medida de lo posible, no es impepinable recuperar de golpe la rutina como si el verano no hubiera existido. La transición puede ser gradual. Adelantar progresivamente la hora de acostarse, volver a establecer horarios para las comidas o reservar momentos concretos para el descanso puede facilitar la adaptación.

Lo mismo sucede con la forma de retomar la actividad física. Si durante agosto hemos reducido el ejercicio o hemos cambiado nuestra rutina, septiembre no tiene por qué empezar con entrenamientos diarios. Recuperar poco a poco el movimiento y aumentar la intensidad conforme nos encontremos cómodos puede ser una estrategia más realista.

Un buen momento para decir que no

Al mismo tiempo, la vuelta a la rutina suele venir acompañada de listas de tareas, compromisos y planes acumulados. Aprender a dejar espacio para nosotros mismos podría ser otro buen objetivo para este nuevo comienzo.

En otras palabras, no todo lo que quedó pendiente antes del verano tiene que resolverse en septiembre. Tampoco es necesario llenar cada hueco de la agenda para compensar el ritmo más relajado de las vacaciones.

El placer consciente del `dolce far niente' no tiene por qué quedar reservado para las vacaciones. Descansar, recuperar alguna afición o simplemente no hacer nada sin sentirnos culpables puede formar parte de ese "reinicio". Al fin y al cabo, si el objetivo de cambiar determinados hábitos es sentirnos mejor, convertir la vuelta a la rutina en una carrera de fondo probablemente no sea la mejor manera de conseguirlo.

No hay fecha de caducidad

Y ante todo, no hace falta plantearse una transformación radical ni esperar resultados inmediatos.

El comienzo del curso puede ser simplemente una oportunidad para mirar cómo hemos llegado hasta aquí y decidir qué queremos hacer de otra manera durante los próximos meses. Algunos cambios funcionarán y otros no; algunos hábitos se quedarán y otros desaparecerán a las pocas semanas.

Y no pasa nada. No es un fracaso. Basta con que estas metas nos sirvan para hacer balance, recuperar algunas rutinas y probar otras nuevas que, a la larga, repercutan en nuestro bienestar físico y mental.

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