Hay muchos días en los que parece que el reloj se mueve más rápido de lo normal. Saltamos de un quehacer a otro, y aun así, en la lista de tareas siempre queda algo pendiente, mientras arañar un rato para nosotros nunca es prioridad. Pero esa sensación no depende solo ...
Hay muchos días en los que parece que el reloj se mueve más rápido de lo normal. Saltamos de un quehacer a otro, y aun así, en la lista de tareas siempre queda algo pendiente, mientras arañar un rato para nosotros nunca es prioridad. Pero esa sensación no depende solo del número de horas libres.
Esa relación con el tiempo ha cobrado fuerza en los últimos años entre los temas de estudio de la psicología. Y uno de los conceptos en boga es el de "time affluence", algo parecido a la "riqueza temporal". Hace referencia a la sensación subjetiva de tener suficiente tiempo para hacer lo que valoras y sentir control sobre cómo lo empleas. Es decir, no se trata de cuántas horas libres tienes en el reloj, sino de cómo sientes tu ritmo de vida, pues implica poder decidir en qué gastas tus horas en lugar de sentirte arrastrado por obligaciones. Vendría a ser lo contrario de la "time famine" (hambruna de tiempo) o el estrés crónico por ir siempre con prisa.
Las horas no pasan igual para todos
Una revisión publicada este verano en Frontiers in Public Health ha reunido los estudios disponibles sobre la relación entre la percepción del tiempo y diferentes indicadores de salud. Aunque los investigadores advierten de que los trabajos utilizan métodos distintos y no permiten establecer una relación directa de causa y efecto, encuentran una tendencia que se repite: quienes sienten que disponen de más tiempo suelen declarar también mayores niveles de bienestar y satisfacción con su vida y menos estrés.
Es una cuestión, sin embargo, totalmente subjetiva. Dos personas pueden tener una cantidad de tiempo libre muy parecida y vivirla de forma completamente diferente. Una puede sentir que tiene margen para decidir qué hacer con él; la otra, que cualquier hueco acabará ocupado por algo pendiente.
Por eso, cuando repetimos la coletilla de "no tengo tiempo", cabe preguntarse también qué relación tenemos con el que sí tenemos.
Cuando hasta el ocio se convierte en una tarea
No hace falta tener una agenda especialmente llena para reconocer la sensación de que al día le faltan horas. Una tarde libre o una mañana de domingo acaba dedicándose a llenar la despensa, poner una lavadora, cumplir con un recado pendiente o cualquier otra actividad que se acumula a la espera de que tengamos un momento.
Y después están las cosas que hacemos por "gusto", pero que también pueden acabar entrando en la lógica del "aprovechar el tiempo", como leer, hacer deporte, quedar con alguien o cocinar una suculenta cena. Hasta descansar parece tener que cumplir una función a veces.
La investigación sobre "time affluence" apunta precisamente a la importancia de sentir cierto control sobre las propias horas. En otras palabras, no basta con que existan espacios libres en el calendario si tenemos la sensación de que están ya comprometidos o de que deberíamos utilizarlos de una determinada manera.
Más horas no siempre son la respuesta
Entonces, ¿podemos cambiar la manera en la que percibimos nuestro tiempo sin conseguir mágicamente más horas? Algunos estudios apuntan a que sí. Una investigación publicada en Applied Psychology: Health and Well-Being analizó qué ocurría después de una intervención basada en mindfulness. Los participantes que siguieron el programa aumentaron su sensación de disponer de tiempo y también su bienestar subjetivo. Los investigadores observaron, además, que ambos cambios estaban relacionados.
Otra cuestión es la animadversión que nos produce la perspectiva de simplemente no hacer nada. ¿Una cola, un trayecto en transporte público de diez minutos o un rato en una sala de espera? Ahí está el móvil para echar mano de él mientras tanto.
No se trata de romantizar el aburrimiento. De hecho, un estudio experimental publicado en 2023 analizó el idle time, los periodos de tiempo muerto que se producían durante la jornada laboral, y encontró que podían generar un peor estado de ánimo cuando las personas los interpretaban como tiempo desperdiciado.
El contexto importa (el estudio se hizo en el ámbito laboral y no permite trasladar sus conclusiones directamente a un día libre), pero plantea si nos molesta realmente no hacer nada o pensar que deberíamos estar haciendo algo.
El tiempo que no tenemos que justificar
Puede que parte del problema resida en que nos hemos acostumbrado a que el tiempo libre tenga que servir para algo, como todo lo demás. Descansar para recuperar fuerzas, hacer deporte para encontrarnos mejor, quedar con amigos para mantener losvínculos o aprovechar una tarde libre para tachar esas tareas que llevamos días posponiendo.
Y, por supuesto, todo eso está bien. Pero también puede haber tiempo que no tenga ninguna finalidad concreta. Practicar el `dolce far niente' porque sí.
Hay personas que disfrutan de tener planes y de llenar su tiempo libre de actividades. El punto es poder decidirlo y no sentir que cada minuto disponible tiene que aprovecharse.