El verano ya no es más que un recuerdo, pero las huellas que deja en la piel pueden prolongarse mucho más tiempo en el calendario. Ahora que el otoño ha entrado en escena y el sol da un poco de tregua, es el momento de comprobar cuál es el estado ...
El verano ya no es más que un recuerdo, pero las huellas que deja en la piel pueden prolongarse mucho más tiempo en el calendario. Ahora que el otoño ha entrado en escena y el sol da un poco de tregua, es el momento de comprobar cuál es el estado de la piel y detectar posibles cambios que hayan podido pasar inadvertidos durante los meses de mayor exposición.
Aparición de nuevas manchas, cambios en los lunares, heridas que no terminan de curar o zonas ásperas y descamativas son algunas de las señales que hay que vigilar y, por supuesto, ante cualquier lesión sospechosa, consultar con un especialista. Y es que la radiación ultravioleta deja un efecto acumulativo que puede tardar años en hacerse visible y que no siempre viene acompañado de una quemadura o de una señal evidente. Así lo explica Antonio Pereira González, especialista del Servicio de Dermatología del Hospital Quirónsalud Huelva.
El experto recuerda que durante la época estival pasamos más horas al aire libre, lo que se traduce en mayor exposición a la radiación ultravioleta. Quemaduras solares, cambios en la pigmentación, sequedad o alteraciones en la textura de la piel son los efectos que esto produce a corto plazo. Pero más allá, la exposición repetida favorece el fotoenvejecimiento, con la aparición de arrugas, manchas y pérdida de elasticidad, además de incrementar el riesgo de desarrollar lesiones precancerosas y cáncer de piel.
De ahí la frase tan repetida por los dermatólogos en los últimos años para concienciar y que resume lo que el astro rey puede provocar si no nos protegemos adecuadamente: "La piel tiene memoria". "Las exposiciones que recibimos pueden producir daños en el ADN de las células cutáneas y aumentar el riesgo de desarrollar lesiones precancerosas y cáncer de piel", señala Pereira, quien advierte al respecto que no haber sufrido una quemadura visible no significa que la piel no haya sufrido daño.
El `signo del patito feo'
Justamente por ese efecto acumulativo, conocer nuestra piel y prestar atención a los cambios que puedan aparecer es una de las mejores herramientas para detectar a tiempo cualquier lesión que requiera una valoración médica. Para ello, el dermatólogo recomienda realizar una autoexploración periódica, delante de un espejo. Y, además, sin limitarse a las zonas que normalmente quedan expuestas al sol, pues la espalda, el cuero cabelludo, las plantas de los pies, los espacios entre los dedos o la parte posterior de las orejas son lugares que fácilmente pueden quedar fuera de nuestra revisión habitual.
Hacerlo aproximadamente una vez al mes permite familiarizarse con el aspecto de la propia piel y reconocer con mayor facilidad aquello que antes no estaba ahí o que ha empezado a cambiar. Esta vigilancia cobra especial importancia en personas con muchos lunares, lesiones atípicas o antecedentes personales o familiares de melanoma o cáncer de piel.
Un lunar que crece o modifica su forma o color puede ser motivo de consulta, igual que aquellos que presentan diferentes tonalidades o empiezan a comportarse de una manera distinta al resto. Es lo que se conoce como `signo del patito feo': una lesión que llama la atención porque su aspecto no encaja con el conjunto de lunares de esa persona.
Pero fijarse únicamente en los lunares oscuros puede hacer que pasen desapercibidas otras lesiones. "Una herida que no cura, una costra persistente, una lesión que sangra repetidamente o una zona áspera o descamativa que no desaparece también deberían ser valoradas", señala Pereira.
La regla ABCDE para vigilar los lunares
Asimismo, para facilitar esta observación, existe una regla muy conocida en dermatología: la ABCDE, que toma como referencia cinco características de los lunares. La A corresponde a la asimetría; la B, a los bordes irregulares; la C, a la presencia de varios colores; la D, al diámetro, especialmente cuando supera los seis milímetros; y la E, a la evolución.
Esta última es especialmente importante. No en vano, cualquier cambio en una lesión debe hacer que nos fijemos en ella y, si es necesario, consultemos con un especialista. El tamaño, en cambio, no debería utilizarse como único criterio: existen melanomas de menos de seis milímetros.
Además, no todas las personas parten del mismo nivel de riesgo. Tener numerosos lunares o lunares atípicos, contar con antecedentes personales o familiares de melanoma o cáncer de piel, tener la piel y los ojos claros o haber sufrido quemaduras solares importantes son algunos de los factores asociados a un mayor riesgo. A ellos se suman una elevada exposición solar acumulada, la inmunosupresión y el uso de cabinas de bronceado.
Una lesión detectada a tiempo es vital. Según explica el dermatólogo, "los cánceres de piel diagnosticados en fases iniciales suelen poder tratarse de una manera más sencilla y con mayores posibilidades de curación". En el caso del melanoma, el pronóstico está estrechamente relacionado con el estadio y la profundidad que haya alcanzado el tumor en el momento del diagnóstico.
Protector solar todo el año
Y otra regla imprescindible de la prevención que nunca está de más recordar es la importancia de protegerse adecuadamente del sol durante todo el año. El verano ha terminado, los peligros del astro rey, no. Evitar las quemaduras y las cabinas de bronceado y mantener ciertos hábitos de fotoprotección durante todo el año ayuda a reducir la exposición acumulada.
Aunque no todo depende de la crema solar: buscar la sombra, evitar las horas de mayor radiación, utilizar ropa adecuada, sombrero y gafas de sol y consultar el índice ultravioleta completan esa protección.
En suma, "disfrutar del sol y proteger nuestra piel son perfectamente compatibles", recuerda el experto.