Redes sociales y menores: ¿prohibir es realmente la solución?

Ángela Zorrilla

El debate sobre el acceso de los menores a las redes sociales vuelve a estar en el centro de la conversación. Pero, más allá de decidir si los móviles y las plataformas son buenos o malos, la pregunta quizá sea otra: cómo los utilizan, cuánto tiempo pasan conectados y, sobre todo, qué están dejando de hacer por estar frente a una pantalla.

23/10/2026

Móviles, redes sociales, dificultades de concentración, problemas de sueño, comparación social, ciberacoso... Cada nuevo dato sobre el bienestar de los adolescentes reabre la misma pregunta: ¿hasta qué punto la tecnología está afectando a nuestros hijos?La preocupación es legítima. También lo es la necesidad de proteger a los menores. Pero convertir ...

Móviles, redes sociales, dificultades de concentración, problemas de sueño, comparación social, ciberacoso... Cada nuevo dato sobre el bienestar de los adolescentes reabre la misma pregunta: ¿hasta qué punto la tecnología está afectando a nuestros hijos?

La preocupación es legítima. También lo es la necesidad de proteger a los menores. Pero convertir el debate en una cuestión de "móvil sí" o "móvil no" puede dejar fuera una parte fundamental del problema: no todos los usos de la tecnología son iguales ni todos los adolescentes viven la misma experiencia digital.

En plena discusión sobre el acceso de los menores a las redes sociales y tras la publicación de los resultados de PISA 2025, la cuestión vuelve a cobrar relevancia. En España, el 29% de los estudiantes afirma que los dispositivos digitales son una distracción en determinadas clases. Un dato que invita a reflexionar, aunque no necesariamente permite atribuir los problemas educativos a la tecnología por sí sola.

Para la psicóloga Conchita Sisí, directora de la Clínica Salud en Mente, el punto de partida debería ser mucho más concreto. "Lo importante es entender para qué las utilizan los menores, cuánto tiempo, en qué momentos, con qué contenidos y, sobre todo, qué están dejando de hacer por utilizarlas. El contexto es clave".

No todas las redes ni todos los usos son iguales

El móvil puede servir para hacer los deberes, buscar información, crear contenido, comunicarse con amigos o pedir ayuda, pero también puede convertirse en una fuente de distracción constante o exponer a los adolescentes a contenidos que afecten negativamente a su bienestar.

Por eso, hablar de "redes sociales" como si fueran una experiencia idéntica para todos los jóvenes puede resultar demasiado simplista. No es lo mismo pasar horas consumiendo contenido de manera pasiva que utilizar una plataforma para mantener vínculos sociales, aprender, encontrar una comunidad o buscar apoyo.

Esto no significa ignorar los riesgos. Las dificultades relacionadas con el sueño, la atención, la comparación social o el ciberacoso son cuestiones que deben tomarse en serio. Pero reconocer estos problemas no implica necesariamente que una prohibición generalizada vaya a ser, por sí sola, la solución.

La experiencia digital de cada adolescente está condicionada por numerosos factores: el tipo de contenido al que accede, el tiempo de exposición, la frecuencia de uso, sus circunstancias personales y la relación que mantiene con su entorno familiar y social.

Proteger no es lo mismo que prohibir

Frente a la alternativa de permitirlo todo o prohibirlo todo, una tercera vía pasa por enseñar a los menores a relacionarse con la tecnología de una manera saludable. Eso implica empezar por la educación digital desde edades tempranas, para que los niños y adolescentes desarrollen criterios y hábitos antes de que aparezcan posibles problemas. También supone enseñarles cómo funcionan las plataformas, por qué determinados contenidos consiguen captar nuestra atención y qué mecanismos utilizan para conseguir que pasemos más tiempo conectados.

La alfabetización mediática adquiere así un papel fundamental. Saber identificar contenidos perjudiciales, reconocer dinámicas de comparación o presión social y aprender a gestionar la propia exposición puede ser tan importante como establecer límites de tiempo.

También resulta clave el acompañamiento familiar. Los límites pueden ser necesarios, pero deberían adaptarse a la edad y a las circunstancias de cada menor, evitando que la supervisión se convierta únicamente en vigilancia.

¿Qué pueden hacer las familias?

No existe una fórmula única para todas las familias, pero sí algunos principios que pueden ayudar a construir una relación más saludable con la tecnología:

  • Educar desde edades tempranas, antes de que aparezcan los problemas, para desarrollar hábitos digitales saludables.
  • Establecer límites adaptados a la edad, teniendo en cuenta horarios, necesidades y actividades del menor.
  • Hablar sobre lo que ocurre en internet, no limitarse a controlar cuánto tiempo pasa conectado.
  • Fomentar la alfabetización mediática, para que los adolescentes entiendan cómo funcionan las plataformas y sean capaces de identificar contenidos o dinámicas perjudiciales.
  • Observar qué está desplazando el uso del móvil: sueño, estudios, deporte, relaciones sociales, ocio o tiempo en familia.
  • Detectar señales de uso problemático, especialmente cuando la tecnología comienza a interferir de forma significativa en el bienestar o en la vida cotidiana.

Y aquí aparece una dificultad que muchas familias conocen bien: poner límites a la tecnología puede convertirse en una fuente constante de discusiones. Frente a esa tensión, una prohibición externa puede parecer una solución sencilla.

"Para muchos padres es más sencillo que las autoridades tomen las decisiones por ellos y sentirse, en parte, liberados de tener que hacer de policía tecnológica con sus hijos", reconoce Sisí. Pero incluso si se establecen restricciones, la cuestión educativa seguirá estando ahí. Los menores acabarán teniendo acceso a dispositivos y plataformas y necesitarán herramientas para utilizarlos de forma autónoma y responsable.


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