En la madrugada del domingo 25 de octubre, a las tres volverán a ser las dos. Sobre el papel, es el cambio amable del año: una hora más en la cama, una mañana de domingo más larga. Sin embargo, muchas mujeres notan en los días siguientes que se despiertan antes ...
En la madrugada del domingo 25 de octubre, a las tres volverán a ser las dos. Sobre el papel, es el cambio amable del año: una hora más en la cama, una mañana de domingo más larga. Sin embargo, muchas mujeres notan en los días siguientes que se despiertan antes de que suene el despertador, que a las siete de la tarde ya les pesa el cuerpo y que el hambre llega a destiempo. No es sugestión. Aunque una hora parezca poca cosa, el reloj biológico necesita varios días para reajustarse, y durante ese tiempo el sueño, la energía y hasta el estado de ánimo pueden resentirse, sobre todo si ya dormías justa.
Nuestro organismo funciona con un reloj interno de algo más de veinticuatro horas que se sincroniza cada día con la luz, los horarios de comida y la actividad. Cuando la hora oficial se retrasa, ese reloj sigue marcando la anterior: el cuerpo pide dormir antes, se despierta antes y espera la comida antes de que llegue. A esto se suma que, con el nuevo horario, anochece hacia las seis de la tarde, lo que adelanta la producción de melatonina y aumenta la sensación de cansancio vespertino. Las personas más afectadas suelen ser las de perfil madrugador, las que ya arrastran falta de sueño y las mujeres en perimenopausia, cuyo descanso es más frágil, además de niños pequeños y personas mayores. Saber que el desajuste es temporal ya ayuda a vivirlo con menos inquietud.
La estrategia más eficaz es adelantarte. Durante los cuatro o cinco días previos al cambio, retrasa de forma progresiva tu hora de acostarte y de levantarte unos quince minutos cada día. Haz lo mismo con los horarios de las comidas, especialmente la cena, que es uno de los marcadores más potentes del reloj interno. Si tienes hijos pequeños, aplícalo también a sus rutinas; les evitará despertarse a las seis de la mañana el lunes y te ahorrará a ti una semana de madrugones. Otra ayuda útil es buscar luz natural a última hora de la tarde en esos días, con un paseo al salir del trabajo, porque la luz vespertina retrasa el reloj justo en la dirección que necesitas.
Una vez hecho el cambio, estos gestos facilitan la adaptación:
Presta atención también a la última hora del día. Bajar las luces, dejar el móvil fuera del dormitorio y mantener la habitación fresca, en torno a los dieciocho grados, ayuda al cuerpo a entender que es momento de descansar, aunque el reloj interno aún no se haya puesto del todo al día.
El cambio de hora de otoño no tiene por qué pasarte factura. Con unos días de preparación, horarios coherentes y algo de luz en los momentos adecuados, la mayoría de las personas se adapta en tres o cuatro días. Si notas que tu sueño sigue alterado pasadas dos semanas, puede que el cambio haya destapado un problema de descanso previo, y ese sí merece que le dediques atención.