Cada otoño se repite la misma escena. En el supermercado aparecen expositores de suplementos que prometen reforzar las defensas, en el grupo de madres del colegio circulan remedios caseros infalibles y en casa empieza la cadena de contagios que va de los niños a los adultos y vuelve a los ...
Cada otoño se repite la misma escena. En el supermercado aparecen expositores de suplementos que prometen reforzar las defensas, en el grupo de madres del colegio circulan remedios caseros infalibles y en casa empieza la cadena de contagios que va de los niños a los adultos y vuelve a los niños. Es comprensible querer protegerse, sobre todo cuando no puedes permitirte una semana en el sofá. Pero conviene saber qué tiene base y qué no, porque el sistema inmunitario no se refuerza con un frasco, sino con un conjunto de hábitos que lo mantienen funcionando bien.
No es el frío en sí lo que nos enferma, sino lo que el frío provoca. Pasamos más tiempo en espacios cerrados y poco ventilados, donde los virus respiratorios se transmiten con mucha más facilidad. El aire seco de la calefacción reseca las mucosas de la nariz y la garganta, que son nuestra primera barrera de defensa. Los niños vuelven a convivir en las aulas y traen a casa todo lo que circula. Y algunos virus sobreviven mejor con temperaturas bajas y poca humedad. Entender esto ayuda a enfocar la prevención en lo que realmente importa.
El sueño es, probablemente, el factor más infravalorado. Dormir menos de seis horas de forma habitual aumenta de manera notable la probabilidad de contagiarse cuando estás expuesta a un virus, y durante el descanso el organismo produce sustancias clave para la respuesta inmunitaria. Proteger tus siete u ocho horas es la mejor inversión de esta temporada.
La alimentación es el segundo pilar, sin necesidad de alimentos milagro. Una dieta variada, con verdura y fruta de temporada, legumbres, pescado, frutos secos y proteína suficiente, aporta las vitaminas y minerales que el sistema inmunitario necesita, como la vitamina C, el zinc o el hierro. Los fermentados, como el yogur natural o el kéfir, cuidan una microbiota que tiene un papel importante en las defensas. El tercero es el movimiento: la actividad física moderada y regular, como caminar a buen ritmo, se asocia a menos infecciones respiratorias, mientras que el ejercicio extenuante sin descanso puede tener el efecto contrario.
El cuarto hábito es el control del estrés. El estrés sostenido eleva el cortisol, que a la larga debilita la respuesta inmunitaria; por eso tantas veces caemos enfermas justo al terminar una etapa de mucha presión. Reservar ratos de desconexión real no es un capricho, es salud.
Los dos últimos hábitos tienen que ver con el entorno y con la higiene, y son los más fáciles de aplicar:
En cuanto a los suplementos, la vitamina D puede ser útil si una analítica confirma que tus niveles son bajos, algo frecuente en invierno, pero no tiene sentido tomarla a ciegas. Y si perteneces a un grupo de riesgo o convives con personas vulnerables, consulta en tu centro de salud la vacunación de la gripe de esta temporada.
No existe una fórmula para no resfriarse nunca, y algún catarro este invierno es casi inevitable. Pero dormir bien, comer variado, moverte, gestionar el estrés y cuidar el ambiente de casa hace que tu organismo responda mejor, que los resfriados sean más leves y que te recuperes antes. Son hábitos sencillos, sin coste y con beneficios que van mucho más allá de esta temporada.