La esperanza de vida ha aumentado de forma extraordinaria en las últimas décadas gracias a los avances de la medicina, la ciencia y la tecnología. Sin embargo, para el doctor Nicolás A. Gemelli, responsable de EVERA Longevity Institute, todavía queda un reto pendiente: "Hemos sido más eficaces añadiendo años a ...
La esperanza de vida ha aumentado de forma extraordinaria en las últimas décadas gracias a los avances de la medicina, la ciencia y la tecnología. Sin embargo, para el doctor Nicolás A. Gemelli, responsable de EVERA Longevity Institute, todavía queda un reto pendiente: "Hemos sido más eficaces añadiendo años a la vida que añadiendo vida a los años", resume.
El especialista recuerda en conversación para EsVivir que durante mucho tiempo se asumió que envejecer implicaba un deterioro inevitable. Hoy, sin embargo, sabemos que podemos intervenir para llegar a edades avanzadas en mejores condiciones. "Envejecer bien es llegar a edades más avanzadas conservando la funcionalidad, adaptando actividades e intereses a las propias capacidades y condición física, y evitando que la vida cotidiana se reduzca a un circuito de hospitales, un cóctel de fármacos y el aislamiento social y familiar", explica el principal responsable de la nueva unidad de longevidad de la Clínica Tufet, una apuesta por el envejecimiento saludable.
El objetivo es "acortar el tiempo que vivimos enfermos y retrasar el declive funcional", sin renunciar a los vínculos sociales, los viajes, las aficiones y las actividades que nos hacen disfrutar. Para conseguirlo, Gemelli destaca el papel de la reserva funcional, la capacidad del organismo para responder a las exigencias físicas y mentales sin perder su funcionamiento. Es decir, cuanto mayor sea esa reserva, mejor envejeceremos. Y el mejor momento para construirla es ahora, cuando todavía podemos anticiparnos, optimizar nuestra salud y corregir hábitos".
Las relaciones sociales y la salud mental, la actividad física, la alimentación, el sueño y el abandono del tabaco son los cinco pilares de la longevidad. Ninguno actúa de forma aislada, por lo que deben integrarse en una estrategia global que incluya la prevención y el control de las enfermedades previas.
La edad biológica permite conocer cómo envejece el organismo
Por eso, dos personas con la misma edad cronológica pueden presentar estados de salud muy diferentes. La explicación está en que "el tiempo no pasa igual para todos". Para conocer mejor estas diferencias se han desarrollado los llamados relojes biológicos, herramientas que permiten estimar la edad biológica a partir de distintos marcadores, como los patrones de metilación o la longitud de los telómeros.
Existen relojes de primera, segunda y tercera generación, y continúan desarrollándose nuevos métodos. Aun así, Gemelli recuerda que la edad biológica global no refleja necesariamente el estado de todos los sistemas por igual: "El sistema cardiovascular, cognitivo, la piel, etc., pueden envejecer a distinta velocidad en una misma persona".
Esta información puede ayudar a detectar alteraciones antes de que aparezcan los síntomas. "Solemos pensar en la salud y la enfermedad en forma dicotómica, como si el organismo pasara de un estado a otro de manera repentina. La realidad es muy distinta: los sistemas biológicos son fluidos, dinámicos. Y entre ambos extremos existe un largo continuo de cambios silenciosos", señala.
Para el especialista, esta es una de las principales limitaciones de la medicina tradicional, que "actúa cuando la enfermedad ya es evidente y, por tanto, es esencialmente reactiva". El cambio consiste en identificar las señales que la preceden, como la resistencia a la insulina, determinados marcadores inflamatorios o sustancias relacionadas con el riesgo cardiovascular.
La evaluación puede incluir una entrevista clínica detallada, analíticas ampliadas, estudios de composición corporal y ecografías, entre otras pruebas. Lo importante es interpretar los resultados en el contexto de cada persona y actuar a tiempo. "Corregir una alteración o factor de riesgo en sus inicios o previo a la instauración de una enfermedad es mucho más sencillo, conlleva menos complicaciones y es incluso más coste-efectiva", afirma.
Gemelli pone como ejemplo a una persona que sufre un infarto a los 50 años y que, a partir de ese momento, debe incorporar medicación y cambiar numerosos hábitos. "Es posible que esa fuese la primera vez que alguien le sugiriera todos estos cambios, casi de un día para otro, cambios que llevan años corregir". Por eso, defiende que controlar los factores de riesgo antes de que aparezca la enfermedad es una opción más saludable y lógica.
Los hábitos pesan más de lo que pensamos
La genética influye en nuestra predisposición a determinadas enfermedades, pero no determina de forma inevitable cómo vamos a envejecer. Según el experto, se estima que explica entre un 20 y un 30 % de cómo envejecemos y de nuestra probabilidad de enfermar. El resto depende de factores modificables y de mecanismos epigenéticos, que regulan la expresión de los genes.
"Es una simplificación, pero transmite un mensaje contundente: nuestros hábitos pesan mucho más de lo que solemos pensar", subraya. Entre las medidas con mayor respaldo científico destaca dejar de fumar, realizar actividad física con regularidad, mantener una alimentación de calidad, cuidar la salud metabólica y la composición corporal, dormir lo suficiente y atender la salud mental y las relaciones sociales.
El especialista también recuerda que "no existe un nivel de consumo de alcohol seguro para la salud" y considera que dejar de fumar es probablemente "la intervención individual más poderosa que existe".
Frente a estas medidas, que constituyen la base de la prevención, Gemelli pide cautela ante algunas tendencias comerciales. Los test de longevidad que se venden por internet pueden aportar datos, pero "lo valioso no es acumular datos. Los números solo cobran sentido cuando se los interpretan en el contexto y la vida de una persona". Lo mismo sucede con los suplementos, que pueden ser útiles cuando existe una indicación concreta, pero no son una solución mágica ni sustituyen los hábitos saludables.
Asimismo, distingue entre el interés científico de los péptidos y las pruebas que respaldan su uso. Aunque algunas familias de fármacos tienen indicaciones clínicas establecidas, "no disponemos de evidencia suficiente para afirmar que la mayoría de los péptidos comercializados en el ámbito de la longevidad prolonguen la vida humana".
Personalizar la medicina de la longevidad no significa realizar más pruebas, sino integrar la información relevante para conocer los riesgos individuales y establecer prioridades. Para ello se valoran los antecedentes personales y familiares, los hábitos, la composición corporal, la presión arterial, los parámetros metabólicos y cardiovasculares, el sueño, la actividad física, la salud mental y, cuando procede, la información genética.
Gemelli propone centrarse en cuatro aspectos: la magnitud del riesgo, la posibilidad de modificarlo, el efecto que puede tener ese cambio sobre otros factores y la capacidad de mantenerlo en el tiempo. En este último punto insiste especialmente: "Una intervención teóricamente perfecta que el paciente no puede sostener en el tiempo probablemente sea menos útil que una intervención algo menos ambiciosa pero mantenida durante años".
En EVERA Longevity Institute, el proceso comienza con una entrevista clínica sobre los antecedentes, la alimentación, el ejercicio, el sueño, el estrés, la medicación y los objetivos personales. A partir de ahí, se seleccionan las pruebas necesarias y los resultados se analizan desde una perspectiva multidisciplinar.
La genética también puede orientar sobre la predisposición a determinadas enfermedades, pero no debe convertirse en un fin en sí misma. "Un dato genético solo es útil cuando se lo integra en el contexto del paciente y cuando puede mejorar una decisión clínica", apunta.
El resultado debe ser un plan con prioridades claras, no una lista interminable de recomendaciones. "La personalización, por tanto, no consiste en buscar la intervención más sofisticada, sino en identificar qué necesita realmente esa persona, qué puede modificar y dónde se encuentra el mayor retorno potencial para su salud".
Nunca es demasiado tarde para empezar a prevenir
No existe una edad concreta a partir de la cual debamos empezar a preocuparnos por cómo envejecemos. El proceso se desarrolla durante décadas y muchas de las condiciones que determinarán cómo llegaremos a los 70, 80 o 90 años comienzan a construirse mucho antes. Eso no significa, sin embargo, que sea demasiado tarde para cambiar cuando ya hemos cumplido años.
"El mejor momento para empezar fue hace diez años. El segundo mejor momento es hoy", resume Gemelli. El objetivo es actuar antes de que aparezcan los primeros signos de deterioro y llegar a edades avanzadas con la mayor reserva funcional posible.
En definitiva, el especialista defiende una medicina que no se limite a tratar enfermedades, sino que ayude a tomar decisiones informadas para preservar la autonomía y la calidad de vida. Como concluye, "la medicina de la longevidad, cuando se hace con rigor, es menos una promesa de años extra y más una forma de vivir, tomar decisiones con mejor información y con más tiempo para corregir el rumbo".