En muchas casas el invierno tiene su propio ritual: alguien sube el termostato, alguien lo baja, alguien pregunta por qué hace frío en el pasillo si la calefacción lleva una hora encendida. Detrás de esa sensación de que la casa no termina de calentarse casi siempre hay fugas que no ...
En muchas casas el invierno tiene su propio ritual: alguien sube el termostato, alguien lo baja, alguien pregunta por qué hace frío en el pasillo si la calefacción lleva una hora encendida. Detrás de esa sensación de que la casa no termina de calentarse casi siempre hay fugas que no vemos y hábitos que, sin querer, dejan escapar el calor. Antes de pensar en subir grados, conviene revisar por dónde se va el que ya pagas.
El primer truco es localizar las corrientes. Un día de viento, pasa la mano despacio por el marco de ventanas y puertas, o acerca una varilla de incienso encendida: si el humo se tuerce, hay entrada de aire. Los burletes adhesivos, que se encuentran en cualquier ferretería por pocos euros, sellan esas rendijas en una tarde. Para la puerta de la calle o la de una habitación que no usas, un burlete bajo puerta o un simple cojín alargado hacen un trabajo sorprendente.
El segundo es usar las persianas a tu favor. Por la mañana, abre todo lo que mire al sol para que entre el calor gratuito; en cuanto empiece a oscurecer, bájalas y corre las cortinas. Las cortinas gruesas o forradas que llegan hasta el suelo crean una capa de aire entre el cristal y la habitación que reduce mucho la pérdida de calor. El tercero son las alfombras: un suelo frío de baldosa roba calor constantemente, y una alfombra en el salón o junto a la cama cambia la sensación térmica sin tocar el termostato.
El cuarto truco es la temperatura. Lo recomendable durante el día está entre los 19 y los 21 grados, y por la noche bastan entre 15 y 17, porque bajo el edredón no necesitas más. Cada grado que subes por encima de 21 puede aumentar el consumo en torno a un 7 %, así que pasar de 23 a 20 grados se nota en la factura. Si tu calefacción lo permite, prográmala para que se encienda un rato antes de que llegues o te levantes, en lugar de dejarla funcionando todo el día o de ponerla al máximo para recuperar el frío acumulado.
El quinto es el mantenimiento de los radiadores. Al principio de la temporada conviene purgarlos: si la parte de arriba está fría y la de abajo caliente, tienen aire dentro y calientan menos. Tampoco los tapes con muebles, ropa tendida o cubrerradiadores cerrados. Y si el radiador está en una pared que da a la calle, colocar detrás un panel reflectante, una lámina aislante que se vende en rollos, devuelve hacia la habitación el calor que se perdería en el muro.
El sexto truco es ventilar bien, pero poco tiempo. Abrir las ventanas de par en par durante diez minutos por la mañana renueva el aire y elimina la humedad, que hace que el ambiente se sienta más frío y cueste más calentarlo. Dejar una ventana entreabierta durante horas, en cambio, enfría paredes y muebles.
El séptimo es vestir la casa y vestirte tú. Cambiar a sábanas de franela o a un nórdico más grueso, tener una manta a mano en el sofá y llevar en casa ropa cómoda de abrigo, como calcetines gruesos o una capa térmica bajo el jersey, permite vivir a 20 grados sin echar de menos los 23. Una bolsa de agua caliente a los pies de la cama sigue siendo uno de los recursos más eficaces que existen.
El octavo es aprovechar el calor que ya generas. Cuando uses el horno, deja la puerta abierta al apagarlo para que ese calor se quede en la cocina. Y concentra la vida de la tarde en una o dos estancias, cerrando las puertas de las que no se usan, en lugar de calentar toda la casa por igual.
Ninguna de estas medidas exige obras ni grandes gastos, y juntas marcan una diferencia real tanto en el confort como en lo que pagas a final de mes. Empieza por lo más rápido, que es revisar corrientes y bajar persianas al anochecer, y ajusta el termostato un grado por debajo de lo habitual. Probablemente ni lo notes, y la factura sí.