Abres la persiana y los cristales chorrean. Mueves el sofá para limpiar y descubres una sombra negra en la pared. Sacas una chaqueta del armario y huele a guardado. La humedad en casa es uno de esos problemas que se instalan poco a poco y, cuando nos damos cuenta, ya ...
Abres la persiana y los cristales chorrean. Mueves el sofá para limpiar y descubres una sombra negra en la pared. Sacas una chaqueta del armario y huele a guardado. La humedad en casa es uno de esos problemas que se instalan poco a poco y, cuando nos damos cuenta, ya ha dejado huella. En invierno empeora porque cerramos ventanas, encendemos la calefacción y seguimos generando vapor de agua al cocinar, ducharnos o tender ropa. Ese vapor, al tocar superficies frías, se condensa, y ahí es donde aparece el moho.
El moho no solo estropea paredes, textiles y muebles. Libera esporas que pueden irritar las vías respiratorias y empeorar alergias, asma o rinitis, sobre todo en niños y personas mayores. Además, el aire húmedo se siente más frío y cuesta más calentarlo, así que también se nota en la factura. La humedad relativa ideal en una vivienda se sitúa entre el 40 y el 60 %. Un higrómetro, que cuesta muy poco y se encuentra en cualquier ferretería, te dirá en qué punto está tu casa.
La primera regla es ventilar cada día, aunque haga frío. Diez minutos con las ventanas abiertas de par en par, mejor creando corriente entre dos estancias, renuevan el aire húmedo sin enfriar paredes ni muebles. Hazlo por la mañana y después de las actividades que más vapor generan.
La segunda es controlar las fuentes de vapor. Al cocinar, usa siempre la campana extractora y tapa las ollas. Después de la ducha, abre la ventana del baño o deja el extractor funcionando un rato, y pasa una rasqueta por la mampara y los azulejos. Son gestos de un minuto que reducen mucho el agua que queda en el ambiente.
La tercera regla afecta a la colada. Una lavadora tendida dentro de casa libera más de un litro de agua al aire. Si no tienes terraza o tendedero exterior, seca la ropa en la estancia mejor ventilada, con la puerta cerrada y la ventana entreabierta, o junto a un deshumidificador.
La cuarta es dejar respirar las paredes. Los armarios y muebles grandes pegados a muros que dan a la calle crean zonas frías sin circulación de aire, el escenario perfecto para el moho. Sepáralos unos centímetros de la pared y no llenes los armarios hasta el límite.
La quinta regla es mantener una temperatura estable. Las casas que se enfrían mucho durante el día y se calientan de golpe por la tarde sufren más condensación que las que mantienen una temperatura moderada y constante.
La sexta regla es actuar pronto y con cuidado. En superficies no porosas como azulejos, juntas o marcos de ventana, una mezcla de agua con un poco de lejía, aplicada con guantes y la ventana abierta, elimina las manchas. Nunca mezcles la lejía con vinagre, amoniaco u otros limpiadores, porque se liberan gases tóxicos. En paredes pintadas existen pinturas y tratamientos antimoho específicos que conviene aplicar después de limpiar y secar bien la zona.
Si con estas medidas la humedad no baja, un deshumidificador eléctrico es una buena inversión para estancias problemáticas, y los absorbentes de humedad de cloruro cálcico ayudan en armarios y espacios pequeños. Y si las manchas vuelven una y otra vez en el mismo sitio, o aparecen en techos o junto a tuberías, puede tratarse de una filtración o de un puente térmico, y conviene que lo revise un profesional.
La humedad se combate más con hábitos que con productos. Ventilar cada mañana, usar el extractor y vigilar dónde secas la ropa resuelven la mayoría de los casos. Empieza hoy por comprar un higrómetro y observar durante una semana cómo cambia la humedad según lo que haces en casa: te dirá exactamente dónde actuar.