Estás preparando la cena y, sin darte cuenta, vuelves a la reunión de esta mañana. Lo que dijiste, cómo te miró tu jefe, lo que deberías haber contestado. Repasas la escena una y otra vez, añades nuevas versiones, imaginas consecuencias. Media hora después sigues ahí, con el estómago encogido y ...
Estás preparando la cena y, sin darte cuenta, vuelves a la reunión de esta mañana. Lo que dijiste, cómo te miró tu jefe, lo que deberías haber contestado. Repasas la escena una y otra vez, añades nuevas versiones, imaginas consecuencias. Media hora después sigues ahí, con el estómago encogido y la sensación de no haber avanzado nada. Eso tiene nombre: rumiación. Y aunque es muy humana, cuando se convierte en costumbre agota y alimenta la ansiedad y el bajo estado de ánimo.
La diferencia es sencilla de explicar y difícil de ver desde dentro. Reflexionar es pensar un problema para entenderlo o resolverlo: avanza, llega a alguna conclusión y termina. Rumiar es repetir el mismo pensamiento sin llegar a ninguna parte, como una canción que se queda enganchada. Suele girar alrededor de preguntas sin respuesta («¿por qué me pasa esto a mí?», «¿y si sale mal?») y deja peor que antes. Muchas mujeres tendemos a creer que dar vueltas a las cosas es una forma de responsabilidad o de prevenir problemas, y por eso cuesta soltarlo.
El primer truco es hacerte una pregunta concreta: ¿esto tiene algo que pueda hacer ahora? Si la respuesta es sí, decide el siguiente paso, por pequeño que sea, y anótalo: escribir ese correo mañana, llamar a tu hermana el sábado. Si la respuesta es no, has identificado que estás rumiando, y eso ya es la mitad del camino.
El segundo es darle a la preocupación su propio horario. Reserva quince minutos al día, siempre a la misma hora y lejos de la noche, para pensar a propósito en lo que te inquieta, incluso por escrito. Cuando el bucle aparezca en otro momento, dile mentalmente que lo atenderás a las seis. Parece demasiado simple, pero es una técnica muy utilizada en psicología, y con la práctica el cerebro aprende que no hace falta resolverlo todo en el momento.
El tercer truco es poner distancia. Escribir lo que piensas en una libreta saca el pensamiento de la cabeza y lo convierte en algo que puedes observar. Otra herramienta curiosa y eficaz es hablarte en segunda o tercera persona, como lo haría una amiga: «Laura, ya lo has pensado bastante, mañana lo hablas». Los estudios sobre este tipo de diálogo interno muestran que ayuda a tomar perspectiva y a rebajar la carga emocional.
El cuarto es cambiar de actividad con algo que ocupe la cabeza y las manos a la vez. Cocinar una receta nueva, ordenar un cajón, hacer un puzle, salir a caminar a buen ritmo, tocar un instrumento. Las tareas que requieren atención moderada interrumpen el bucle mejor que las pasivas, como mirar el móvil, que suelen dejar la mente libre para volver al mismo sitio.
El quinto es moverte. El ejercicio físico, sobre todo al aire libre, reduce la actividad mental repetitiva y mejora el estado de ánimo. No hace falta una sesión intensa: veinte minutos caminando, fijándote en lo que ves y oyes a tu alrededor, ya cambian la dirección de los pensamientos.
Todas rumiamos de vez en cuando, sobre todo en épocas de cambio o de estrés. Pero si los pensamientos en bucle ocupan buena parte del día, te impiden dormir, te alejan de las personas o se acompañan de tristeza persistente o ansiedad, es buena idea consultarlo con una psicóloga. Hay terapias con muy buenos resultados específicamente para este patrón.
Salir de los pensamientos en bucle no consiste en dejar de pensar, sino en elegir cuándo y cómo hacerlo. La próxima vez que notes que la cabeza vuelve al mismo sitio, prueba la primera pregunta: ¿hay algo que pueda hacer ahora? Solo con eso ya empiezas a recuperar el control.