Kintsugi, cómo recomponer cosas rotas desde la belleza

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by J.Lizcano
La técnica ancestral con la que los japoneses reparan los objetos rotos es conocida como Kintsugi y consiste en resaltar las imperfecciones y roturas con oro. Traducido como “carpintería de oro” es un arte tradicional que celebra la historia de cada elemento.
 

El Kintsugi se remonta a finales del siglo XV y es una técnica japonesa que arregla las fracturas e imperfecciones de la cerámica con barniz de resina espolvoreado con polvo de oro. La historia tiene su origen cuando el shōgun Yoshimasa envió a China dos de sus tazones de té favoritos para ser reparados. Los artesanos arreglaron los tazones pero con unas grapas de metal que los afeaban, por lo que resultaban muy toscos a la vista. Por ello, el shōgun buscó artesanos japoneses que solucionaran dicha reparación: surgió, así, un nuevo arte de reparar la cerámica. Con el tiempo, este arte formar parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones integran la historia de un objeto y que no tienen que ocultarse, sino mostrarse tal y como han quedado. De tal manera que esas imperfecciones embellecen el objeto y resaltan su transformación, en donde la complejidad de la reparación transforma estéticamente la pieza, otorgándole un nuevo valor.

Con el paso del tiempo, el Kintsugi se ha ido influenciando por otras ideas filosóficas. De hecho, se relaciona mucho con distintas corrientes filosóficas del país nipón, entre ellas, el wabi-sabi, que ve la belleza en la imperfección. O, incluso, con el sentimiento japonés denominado mottainai (lamentarse cuando algo se desperdicia), o el mushin, aceptar el cambio.

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Arte milenario

Un pensamiento que choca, frontalmente, con la manera occidental de ver las fracturas y las imperfecciones, tanto materiales como del cuerpo o anímicas. En los países occidentales si algo se rompe o es feo, se deshecha al instante, ya no sirve, se reemplaza por otro elemento, otro objeto. En el país nipón, el objeto roto nos incita a contemplar su poderosa transformación, su nuevo valor, que cobra otro sentido. Porque lo dañado siempre tiene algo que contar, que enseñarnos.

Las piezas se unen con laca de resina del árbol Urushi rociada y se hace por medio de un pincel de kebo o makizutsu. Este arte milenario tiene cinco fases bien diferenciadas: el accidente (fractura del objeto), la limpieza y ensamble de las piezas, la espera, la reparación.

El cuerpo y el alma

Una filosofía oriental que, sin duda, puede extrapolarse a cómo las personas afrontamos las situaciones que nos han tocado vivir y los problemas del día a día. Sobre todo, porque se trata de un arte que simboliza la reparación y la resiliencia, por lo que va más allá de lo meramente físico. Es decir, recomponer todas las piezas de nuestro puzzle particular, recoger y recomponer esas piezas, recolocar y "pegarlas" para que vuelvan a brillar y florecer como antes de su fractura. Por eso los expertos señalan en la necesidad de tener paciencia cuando algo en nuestra vida se rompe y estamos en el proceso de recomponerlo.

Porque si algo nos enseña este arte milenario es que no hay que tratar de huir de las cosas dolorosas o no mostrar nuestras heridas o cicatrices (incluso las del alma), o mostrar qué es lo que nos hace daño y nos duele, por lo que no hay que evitar llorar o enseñar nuestros sentimientos. Es decir, como dice el dicho popular "no hay que esconder la cabeza como las avestruces".

La lección de vida que nos enseña esta técnica es que la perfección puede surgir de la imperfección y de las heridas. De hecho, algunos expertos lo denominan el arte de "aceptar el daño", por lo que nos animan a orgullecernos de nuestras heridas, de no avergonzarnos de ellas. Tratar de resurgir más fuertes de una experiencia negativa y comenzar de nuevo, ya que la ruptura no es el final.

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